El objetivo del blog es crear un espacio de aprendizaje, reflexión y debate en torno al sistema militar que llevó a una pequeña población del Lacio, a convertirse en la potencia hegemónica del área circunmediterránea durante algo más de medio milenio. La historia del ejército romano se caracterizó por su capacidad de adaptación a las diferentes coyunturas que tuvo que afrontar, lo que se puede apreciar en la drástica evolución que sufrió desde su primera aparición emulando las tácticas de falange propias del mundo griego, pasando por la creación del sistema manipular y legionario altoimperial, hasta sus últimos momentos en los que la caballería adquirió un papel protagonista. Este ejército, que hoy día sigue cautivando a gran número de investigadores dejó una gran cantidad de información plasmada en monumentos conmemorativos, relieves, estelas funerarias, fortificaciones, fuentes literarias e incluso ocultaciones.
Con objetivo de acotar el estudio que vamos a realizar, nos centraremos en el análisis de la información extraíble de los relieves de carácter bélico materializados en diferentes soportes, como sarcófagos, arcos y columnas conmemorativas o estelas. El estudio de estos relieves, generalmente fue afrontado desde un punto de vista descriptivo, más próximo a los preceptos de la Historia del Arte, centrándose en parámetros puramente estilísticos, sin prestar atención al contexto que esta iconografía estaba poniendo de relieve. En 1975, Robinson publica su obra «Armour of the Imperial Rome», donde critica esta aproximación en pro de una más ligada a la revisión de las fuentes históricas y el empleo de la arqueología como método reconstrucción y contrastación de esta información. Por ello, en este blog vamos a proyectar un enfoque transversal, en el que intentaremos partir de la base del estudio de los relieves, y posteriormente añadir a esta ecuación, toda la información aportada por otras fuentes complementarias, buscando así obtener una imagen lo más fidedigna posible de las legiones romanas.
De cara a la estructuración de los contenidos, las entradas se dividirán en bloques temáticos, en los que indagaremos acerca de un aspecto concreto del ejército romano, empleando los medios antes comentados. Entre los temas a tratar, encontraremos algunos como el equipamiento romano (gladius, spatha, lorigas, scutum, etc.), unidades concretas, tácticas y formaciones o las actividades civiles del ejército. También podremos enfocar las entradas desde el punto de vista de un relieve concreto, del que entraremos más en detalle en su descripción y contexto. Como complemento adicional, acompañaremos estas entradas principales, junto con comentarios y otras noticias de interés y temática asociada con el blog, que se localizarán en su sección individualizada (apartado «Noticias»).
Habiendo aclarado en funcionamiento del blog, comenzaremos a publicar los primeros contenidos a lo largo de las próximas semanas. Esperamos que la temática y el planteamiento del mismo les interese, y hasta la próxima entrada.
En esta entrada vamos a hablar sobre la lorica segmentata, un tipo de coraza que fue usada por el ejército romano entre los siglos I y III d.C., desapareciendo durante este último. Este término que designa la armadura de placas romana es un neologismo, debido a que el nombre romano es desconocido (BISHOP & COULSTON 2016: 102). Trataremos de ver las características principales de esta coraza sin detenernos demasiado en los distintos tipos en los que se ha clasificado la segmentata. La compararemos a su predecesora, la lorica hamata, para clarificar sus ventajas e inconvenientes y nos fijaremos en algunos relieves que nos la muestran.
La evidencia iconográfica, en general y de esta pieza concreta, suele ser contradictoria, ya que el arte escultórico posee numerosas veces un sesgo propagandístico y, además, es bastante común que no sean completamente realistas. Es por ello que no debemos fiarnos totalmente de lo que nos muestra la iconografía romana; preferiblemente deberíamos compararla con otras fuentes de información como el registro arqueológico o las fuentes literarias. La Columna de Trajano es un claro ejemplo donde se nos muestra la lorica segmentata utilizada por los legionarios y pretorianos durante las Guerras Dacias del emperador Trajano (101-102 y 105-106 d.C.) (Fig. 1).
Fig. 1: Relieve de la Columna de Trajano (113 d.C.). Los legionarios portan la lorica segmentata.
Un ejemplo de dicho sesgo, es que los legionarios aparecen con la lorica puesta mientras realizan trabajos de construcción (Fig. 2), lo cual suponía un esfuerzo extra e innecesario para las tropas a no ser que los enemigos se hallaran próximos. Además, como sabemos, los escudos no se tienden a representar conforme a la realidad, sino que suelen ser más pequeños con la intención de mostrar más claramente a las figuras que se representan (ver Fig. 1). Es por ello que podemos decir que los artistas de estas obras escultóricas no buscaban representar perfectamente el equipamiento de los soldados romanos; dicho de otro modo, no era su principal objetivo (AURRECOECHEA FERNÁNDEZ 2007: 154).
Fig. 2: Relieve de la Columna de Trajano (113 d.C.). Se distinguen legionarios realizando obras de construcción con las loricae segmentatae puestas.
En general, las fuentes literarias no nos describen claramente la estructura y las características de esta armadura; para lo que nos concierne, nos apoyaremos en las evidencias aportadas por el registro arqueológico.
Descripción y evolución:
La lorica segmentata es una coraza formada por láminas o placas de hierro curvadas e individuales que se articulan mediante tiras de cuero halladas en la parte interna de dichas placas. Todas las loricae segmentatae poseen dos partes bien diferenciadas. La primera está formada por las placas que protegen las parte superior del tórax (pecho y hombros); estas están duplicadas a ambos lados del cuerpo y se articulan en base a las placas que rodean el cuello (collar) y a las que cubren los hombros (hombreras superior e inferior). La segunda parte que compone una segmentata son las láminas colocadas en torno al abdomen (faja), que se dividen justo en el eje central del estómago y la espalda. Estas placas son de dimensiones mayores que las superiores de cuello y hombros (Fig. 3).
Fig. 3: Despiece de una lorica segmentata. La propuesta de nomenclatura ha sido aportada por Joaquín Aurrecoechea Fernández, de la Universidad de Málaga (AURRECOECHEA FERNÁNDEZ 2007: 156).
Una serie de accesorios (hebillas, ganchos y bisagras) de cobre o bronce permitía la articulación externa de las láminas ajustando las distintas secciones de la armadura. La evolución tipológica que experimentaron estas corazas está determinada por las diferencias entre estos apliques de bronce o cobre, por lo que son una referencia importante a la hora de clasificar las loricae segmentatae. Además, estos accesorios de fijación y sujeción eran muy frágiles como consecuencia de la corrosión que experimentaron al estar pegadas a las placas de hierro, las cuales eran más resistentes (AURRECOECHEA FERNÁNDEZ 2007: 155). Esto hacía que se rompieran con facilidad y muy a menudo, abundando en el registro arqueológico. Debajo de esta armadura, como ya sabemos, los legionarios vestían el thoracomachus (camisa acolchada) para evitar roces con el hierro.
Fig. 4: Reconstrucción de una lorica segmentata de tipo «Kalkriese».
Así, dentro de lo que conocemos como lorica segmentata, se diferencian tres tipos a lo largo de su historia: “Kalkriese”, “Corbridge” y “Newstead”. Otro tipo fue la “Alba Iulia”, aunque por su morfología híbrida la dejaremos fuera. El tipo “Kalkriese” (Fig. 4) se caracteriza por ser el más temprano de todos, retrotrayendo la aparición de estas corazas hasta la época de Augusto. Los descubrimientos realizados en Kalkriese (Osnabrück, Alemania), nos revelan que fue usada durante el desastre militar sufrido por Varo en el año 9 d.C. (GOLDSWORTHY 2005: 128). En general, este primer modelo se caracteriza por la simplicidad de los perfiles de las bisagras, que o bien contaban con un par de lóbulos dentro de su estructura rectangular o bien poseían un remate apuntado (AURRECOECHEA FERNÁNDEZ 2010: 81); las uniones entre las placas ventrales solían ser simples correas. El modelo “Kalkriese” se extendería hasta mediados del s. I d.C., siendo utilizado fundamentalmente durante la dinastía Julio-Claudia.
Fig. 5: Restos de la lorica segmentata hallada en el ocultamiento de Corbridge (Inglaterra). Este hallazgo permitió la perfecta comprensión del diseño de esta armadura.
El tipo más conocido de estas corazas es el “Corbridge” (Figs. 5, 6 y 7). Su nombre se debe al lugar donde se realizó un ocultamiento de material militar en Inglaterra, hallado en 1964 y compuesto fundamentalmente por este tipo de lorica segmentata (Fig. 5). Este modelo goza de una amplia distribución geográfica, ya que se ha hallado en numerosos asentamientos legionarios; es probable que esto esté ligado a la fragilidad de sus accesorios de cobre o bronce, los cuales abundan en las excavaciones (AURRECOECHEA FERNÁNDEZ 2007: 156). Las bisagras del “Corbridge” son trilobuladas y este modelo cuenta con unos orificios por donde se insertan los remaches (ver Fig. 7), a veces incluso decorados con círculos concéntricos o pétalos radiales. Con respecto a su cronología, su origen se ha fijado en un momento indeterminado de los reinados de Tiberio y Claudio (primera mitad del s. I d.C.); convivió durante un tiempo con la de tipo Kalkriese hasta que la reemplazó, desapareciendo hacia comienzos-mediados del s. II d.C.
Fig. 6: Dibujo de la parte delantera y trasera de una lorica segmentata de tipo «Corbridge».Fig. 7: Reconstrucción de una lorica segmentata de tipo «Corbridge».
Finalmente, el tipo “Newstead” (Fig. 8) es el último modelo de estas corazas segmentadas. Localizado en Gran Bretaña, este modelo dejó de utilizar los cierres basados en correas de cuero y hebillas, lo cual aparecía en “Corbridge” ya únicamente en la unión entre las pecheras y espalderas. Las bisagras de la zona de los hombros aumentan de tamaño para la mejor movilidad del soldado. Este modelo de segmentata existiría desde finales del s. II y hasta finales del s. III d.C.
Fig. 8: Reconstrucción de una lorica segmentata de tipo «Newstead» junto con un casco «itálico imperial».
En la Columna Trajana, las tropas de infantería legionaria y pretoriana se representan usando el modelo “Corbridge” probablemente (ver Fig. 9), aunque no podemos distinguir perfectamente los rasgos que caracterizan esta segmentata. Vemos, no obstante, como cubren a los soldados romanos desde la cintura, tapando también los hombros, hasta el cuello.
Fig. 9: Relieve de la Columna de Trajano (113 d.C.) donde aparece un grupo de legionarios portando loricae segmentatae de tipo «Corbridge» probablemente. Esto lo podemos observar en las pequeñas dimensiones de las placas de las hombreras.
Ventajas e inconvenientes:
Hay que tener en cuenta que la armadura, en general, no funciona como un arma defensiva aislada, sino que normalmente forma parte de un sistema defensivo que involucra el resto de medidas de protección del soldado (casco, escudo, tácticas y formaciones defensivas). Así, las armaduras evolucionaran en combinación con el resto de elementos defensivos (AURRECOECHEA FERNÁNDEZ 2007: 154). A su vez, existió una tendencia a buscar el equilibrio entre la protección que ofrece la coraza, la movilidad que permite al soldado que la usa y el costo de fabricación y mantenimiento de esta.
Fig. 10: Los golpes en los hombreras de la lorica segmentata resbalan como consecuencia de la colocación de las placas (Imagen: ParaBellum).
La lorica segmentata es un tipo de armadura orientada a salvaguardar los hombros. La mayor parte de los daños presentes en el registro arqueológico se hallan en esta zona (BISHOP & COULSTON 2016: 104). Cuando se combatía contra enemigos con espadas largas, el scutum no llegaba a cubrir los hombros ni la cabeza, por lo que ambas partes de cuerpo debían estar fuertemente protegidas. Respecto a lo que decíamos en el anterior párrafo, los cascos imperiales estaban diseñados para desviar los golpes dirigidos a la cabeza hacia la zona de los hombros, por lo que la coraza segmentada ofrecía una sobreprotección en esos puntos. Además, las placas de hierro no eran endurecidas en la forja, tratando de crear un metal “blando” que pudiera absorber y amortiguar los golpes y los proyectiles ligeros (flechas o dardos) (GOLDSWORTHY 2005: 129). La disposición de las placas en la zona de los hombros, a modo de tejas, contribuye igualmente a la desviación de los golpes (ver Fig. 10). Con todo, esta coraza ofrecía una mejor protección que su predecesora, la lorica hamata o cota de malla.
El movimiento del sujeto que llevara esta armadura no se veía reducido gracias a la hábil articulación de las placas entre sí. El soldado podría agacharse o encorvarse sobre el abdomen con facilidad, así como mover los brazos y el cuello libremente. La segmentata poseía a su vez un menor coste de fabricación en comparación a la hamata (BISHOP & COULSTON 2016: 104), así como un menor peso (6 – 9 kg).
Sin embargo, esta coraza también contaba con sus inconvenientes. Por un lado, requerían continuas reparaciones de los enganches y hebillas en lugares especializados para ello, por lo que el mantenimiento era muy costoso. Además, la parte de los muslos y los brazos quedaban desprotegidas a diferencia de la cota de malla. La forma permitía amplia movilidad como hemos visto, pero su la hacía poco confortable, pudiendo incluso restringir las capacidades respiratorias (GOLDSWORTHY 2005: 129). Por último, los soldados que la utilizaran necesitarían ayuda de un compañero para ponérsela y estar listos para la batalla, lo cual no era necesario con la hamata y se perdía menos tiempo en este aspecto (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 101).
Fig. 11: Dibujo de dos legionarios durante las Guerras Dacias (comienzos del s. II d.C.) portando loricae segmentatae de tipo «Corbridge».
A modo de conclusión, podemos decir que la lorica segmentata tuvo una gran importancia durante la época altoimperial romana, pasando a la historia como una coraza original romana y de relevancia en el registro arqueológico.
ROMA VICTRIX
Bibliografía de referencia:
AURRECOECHEA FERNÁNDEZ, J. (2007): “Las armaduras segmentadas (loricae segmentatae) en los yacimientos romanos de la provincia de León: Un estudio de conjunto”, Archivo Español de Arqueología, vol. 80, pp. 153 – 182.
AURRECOECHEA FERNÁNDEZ, J. (2010): “Las armaduras romanas en Hispania: Protectores corporales para la infantería y la caballería”, Gladius, pp. 79 – 98.
Por último, para concluir con los contenidos que se buscaba tratar entre estas tres entradas destinadas al asedio, cabe exponer aunque sea brevemente algunas de las tácticas y métodos de asedio en los que las máquinas que hemos visto eran empleadas, así como otras opciones que no requerían de máquina alguna.
Tácticas y métodos de asedio
En primer lugar, es necesario volver a recordar que el sitio de una ciudad era el resultado de la no aceptación por parte de esta de un pacto con los romanos, y de la negación de una batalla campal, aspecto que el ejército romano buscó de manera activa debido a su superioridad en campo abierto. De hecho, algunos asedios tendrán como objetivo motivar una batalla en campo abierto (Goldsworthy, 2003: 186). Siguiendo los trabajos de Roth (1998), establecer un bloqueo a una ciudad requería de una gran preparación logística, pues no sólo es necesario abastecer a un ejército de suministros y equipo durante un período de tiempo desconocido, sino que también requiere del bloqueo total de las vías de suministro del asentamiento asediado, aspecto que era todavía más complicado en ciudades con puerto, como fue el caso de Dyrrachium o Lylibaeum (Sage, 2008: 279). Una vez establecido el sitio, Goldsworthy (2003) agrupa los sistemas de ataque en tres tipos:
Asedio por hambre: también conocida como sedendo et cunctando [sentados y a la espera] (Campbell, 2009: 12), esta táctica se basaba en cortar las vías de suministro de la fortaleza asediada y esperar a su rendición por hambre. Esta táctica fue la empleada en los conocidos casos de Numancia y Alesia, y requería del establecimiento de un sistema defensivo, a veces con campamentos, por parte del sitiador para establecerse en una posición protegida por el tiempo que fuese necesario. Sin embargo, en algunas ocasiones esto no era suficiente dado que el bloqueo del abastecimiento no podía ser total, o el asentamiento asediado tenía condiciones especiales que facilitaban su resistencia, como por ejemplo los pozos de agua de la ciudad de Masada, que permitían su subsistencia a partir de agua de lluvia únicamente (Goldsworthy, 2003: 188). Esto llevaba al empleo de otro tipo de enfoques.
Ataque furtivo: Esta estrategia consistía en que un pequeño contingente de élite se introdujese de incógnito en el asentamiento enemigo, y lograse capturar un punto clave desde el que dar apoyo al ejército de fuera. En el sitio de Capsa (Numidia), un auxiliar ligur descubrió una vía de acceso a la ciudad entre unos riscos mientras cazaba caracoles, acceso que después fue aprovechado por un reducido grupo de legionarios para infiltrarse en la fortaleza y abrir las puertas (Goldsworthy, 2003: 188). Sin embargo, el éxito de este tipo de operaciones no estaba asegurado, y en caso de ser descubierta, esta pequeña fuerza quedaba a merced de los defensores, siendo destruida como en el caso del sitio persa a la fortaleza de Amida en el 359 d.C. (Goldsworthy, 2003: 188). Pese a esto, Vegecio dará prioridad a esta táctica sobre el asalto o el bloqueo cuando recomienda:
«Acercarse con sigilo, por la noche, a la muralla con escalas, a ser posible durante el invierno o cuando los habitantes de la ciudad estén bebidos por la celebración de alguna festividad, y tomar algunas torres» (Campbell, 2009: 12).
Asalto directo: Consistía en un ataque directo de las tropas al asentamiento enemigo, realizando maniobras que incluían el uso de las máquinas de asedio antes descritas. Esta táctica era muy arriesgada para el asediador y muy costosa tanto en pérdidas materiales como humanas, pero suponía un desenlace rápido a la contienda, lo que podía dar continuidad a una campaña, además de ser un duro golpe para la reputación y confianza de los perdedores que podía llevar a otras ciudades a rendirse sin entablar combate.
Fig. 1: Plano con la circumvallatio y la contravallatio cesariana sobre Alesia (52 a.C.).
En estos asedios, el primer paso de todos era rodear el asentamiento enemigo con una línea de muros y campamentos (circumvallatio), luego se pasaba a construir las máquinas de asedio, y después se desplegaban sobre el campo de batalla siguiendo una estrategia concreta. Es importante resaltar que el asedio en Roma era dinámico y se adaptaba a las necesidades concretas de cada sitio. Por esto, no es necesario que todas las tácticas se diesen por igual para todos los asedios, y habría casos de tácticas concretas diseñadas específicamente para una situación concreta, y que por su especificidad no se pueden plasmar aquí.
En caso de emplear máquinas de asedio para realizar un asalto frontal, eran necesarias una serie de tareas previas que ya se han ido introduciendo anteriormente, como el rellenado de los fosos enemigos, en los que intervenían los abrigos y máquinas defensivas. Después, a la hora de realizar el asalto, la artillería se empleaba contra los propios defensores de la muralla, no contra el lienzo en sí mismo, dado que de esta tarea se encargaban los arietes y máquinas semejantes (Goldsworthy, 2003: 195). Estos asaltos podían concentrarse en una zona concreta, o realizar varios asaltos de diferente tipo (torres, arietes y escalas), de manera simultánea para intentar superar la capacidad de respuesta de los defensores.
Fig. 2: Reconstrucción del uso de la testudo como rampa (Campbell, 2009: 36).
El enfoque agresivo del asedio en Roma llevó a que la técnica de la construcción de rampas sufriera un gran desarrollo (Goldsworthy, 2000: 145). El principio era simple, construir un rampa con madera y tierra que salvase la altura de la muralla para colocarse al nivel de los defensores y realizar un asalto directo. De hecho, en algunas ocasiones esta «rampa» ni siquiera tenía por qué estar construida, pues tanto las fuentes (Tito Livio) como los relieves nos informan de que la famosa formación de escudos en testudo, pudo emplearse para formar una rampa de diferentes niveles con estos escudos, y permitir así a los soldados ascender desde el suelo hasta las almenas rápidamente (Campbell, 2009: 36) (Figs. 2-4). Sin embargo, en algunas ocasiones, estas rampas se construían por razones técnicas, como en el caso del asedio de Masada (73 d.C.) donde una enorme rampa permitió a los romanos salvar la inclinación de la montaña donde estaba situada la fortaleza, y llevar sus máquinas de asedio a los pies de la muralla (Davies, 2011: 362).
Fig. 3: Soldados empleando la formación en testudo para crear una rampa de ascenso a las murallas. Columna de Trajano (113 d.C., Roma).
Fig. 4: Soldados empleando la formación en testudo para crear una rampa de ascenso a las murallas. Columna de Marco Aurelio (ca. 192 d.C., Roma). [Grabado alemán del siglo XIX.]
Por otro lado, y para concluir con este apartado, otra técnica de asedio muy común era la construcción de túneles y minas, tanto por parte de los asediadores como de los asediados. En el caso de los primeros, estos túneles estaban destinados al derribo de las murallas, mientras que los defensores construían «contra-túneles» para intentar impedirlo (Campbell, 2009: 13). La destrucción de una sección del lienzo de muralla a partir de túneles consistía en excavar bajo los cimiento de esta y apuntalar las galerías, para luego rellenarlas con material combustible provocando así el desplome de túnel, y por ende, del suelo y la muralla (Goldsworthy, 2003: 195). Las fuentes clásicas tratan cómo debían construirse estos túneles, evitando en la medida de lo posible que la excavación fuese visible, para así obtener un factor sorpresa extra. De igual forma, también se tratan métodos de contrarrestar estos túneles por parte de los asediados, como en el caso de Ambracia (189 a.C.), que colocaron recipientes de bronce con agua paralelos a la muralla para que estos vibrasen cuando el túnel romano llegase a la altura de la muralla (Campbell, 2009: 13). Sin embargo, el yacimiento en el que mejor se ha documentado esta estrategia de túneles es Dura-Europos, ciudad romana asediada en el 256 d.C. por los persas sasánidas, y en la que se han conservado varios de los túneles tanto romanos como persas (Fig. 5), así como un lienzo de muralla que no llegó a desplomarse al incendiar la galería que se excavó bajo él (Fig. 7) (James, 2011: 86). Pero sobre todo, este yacimiento destaca por que se localizó un túnel colapsado con cuerpos tanto de soldados romanos como de persas en su interior (Figs. 6 y 8), lo que se ha interpretado como un contra-túnel romano que localizó al túnel persa, y obligó a estos últimos a derrumbar precipitadamente su construcción (Fig. 9), la cual cayó sobre ellos sepultándolos y conservando esta escena en el tiempo hasta nuestros días (James, 2011: 81-83).
Fig. 5: Restos de un túnel bajo la muralla romana de Dura-Europos (James, 2011: 80)
Fig. 6: Soldado sasánida sepultado por el desplome del túnel que intentaba colarse bajo la muralla romana (James, 2011: 81).
Fig. 7: Muralla romana afectada por uno de los túneles persas. Sin embargo, logró mantenerse en pie (James, 2011: 86).
Fig. 8: Planimetría arqueológica del túnel sasánida desplomado cuando fue interceptado por la tropas romanas (James, 2011: 91).
Fig. 9: Soldados persas intentando derribar el túnel tras ser sorprendidos por el contratunel romano (256 d.C., Dura-Europos).
Conclusiones
A modo de cierre de estas tres entradas, se puede concluir que el asedio en el mundo romano fue un ámbito en constante evolución, en el que el ejército romano debió adaptar sus estrategias y su equipo constantemente para poder encarar a los rivales a los que se enfrentaron en cada momento (o a ellos mismos). Como se ha visto, la guerra de asedio no se limitó únicamente al asalto de las posiciones enemigas, sino que hubo un gran abanico de posibilidades respecto a cómo lograr la rendición o el control de la posición enemiga. Además, al propio acto del combate le acompañó siempre toda una fase previa de preparación y planificación, con un desarrollo logístico muy fuerte, que por desgracia muchas veces se olvida a la hora de considerar este tipo de guerra.
Fig. 10: Representación de dos carroballistas. Este tipo de máquinas también pudieron emplearse en batalla campal, aunque su principal función fueron los asedios. Columna de Trajano (113 d.C., Roma).
A la hora de encarar estas operaciones, las legiones romanas dispusieron de diferentes ingenios mecánicos con los que afrontar el asalto, aunque como se ha visto, estos no siempre fueron necesarios, o pudieron tener un carácter de apoyo a un plan de asalto directo. La variedad de situaciones en las que los romanos preveían encontrarse se ve reflejada en la variabilidad de las funciones de las máquinas que usaban: máquinas destinadas a escalar las murallas, máquinas destinadas a abrir una brecha en ellas, máquinas destinadas a crear un puente sobre las murallas, o máquinas destinadas a defender a los soldados u obreros encargados de construir rampas o túneles con los que acceder a la ciudad enemiga, todo ello sin entrar en los diferentes tipos de máquinas artilleras.
De igual forma, también se ha visto como esta artillería, que comenzó su andadura en las líneas romanas de manera marginal como piezas robadas al enemigo y empleadas contra ellos, acabó convirtiéndose en una parte clave de las legiones, hasta el punto de que estas piezas de artillería pasaron a ser parte del equipamiento reglamentario de las centurias y cohortes.
Además, si analizamos detenidamente estas piezas y las contrastamos con la artillería e ingenios de asedio que se emplearán posteriormente durante la Edad Media, vemos una correlación directa entre estos y aquellos empleados en época clásica, y en los casos en los que la continuidad no es directa, sí que se pueden apreciar las bases de procedencia de los ingenios medievales, como en el caso del mecanismo de honda del onagro, que será imitado por el conocido trabuquete de época medieval.
Fig. 11: Imagen de un asedio medieval en la que se pueden apreciar las claras continuidades respecto a las máquinas y tácticas expuestas en estas entradas.
Por tanto, en estas entradas se ha intentado establecer un vistazo rápido a todos los aspectos que conformaron la guerra de asedio en Roma. Tal y como se expresó en la primera entrada, el objetivo ha sido tratar este estudio desde una perspectiva que tenga en cuenta todas las fuentes disponibles, con el fin de poder establecer una visión lo más completa y fidedigna posible de cómo funcionó la poliorcética en el mundo romano. Y esto ha mostrado la visión de un sistema que catapultó a Roma desde una pequeña ciudad del Lacio, hasta la cabeza de un Imperio, y que no podría ser sino emulado en los primeros siglos de la Europa medieval, que ansiaba imitar el esplendor que alcanzó en una época más antigua.
ROMA VICTRIX
Bibliografía:
CAMPBELL, D. (2009): Guerra de asedio en Roma. Madrid: Osprey Publishing.
DAVIES, G (2011): «The Roman Field Works at Masada». Bulletin of the American Schools of Oriental Research, Vol. 362, pp. 65-83.
GOLDSWORTHY, A. (2000): Roman Warfare. Londres: Cassell.
GOLDSWORTHY, A. (2003): El ejército romano. Madrid: Akal.
JAMES, S. (2011): «Stratagems, Combat, and «Chemical Warfare» in the Siege Mines of Dura-Europos». American Journal of Archaeology, Vol. 115, pp. 69-101.
ROTH, J. (1998): The logistics of the Roman army at war (264 B.C.-A.D. 235). Leiden: Brill.
SAGE, M. M. (2008): The Republican Roman Army. Nueva York: Routledge.
Continuamos con la serie de entradas destinadas a la guerra de asedio en el mundo romano, en este caso, centrándonos sobre las máquinas de asalto y la artillería.
Máquinas de asedio
Máquinas de asedio ofensivas no artilleras
Dentro de las máquinas ofensivas vamos a distinguir entre las máquinas de artillería, de las que hay una gran cantidad de información tanto a nivel textual, como arqueológico e iconográfico, y el resto de máquinas ofensivas, que al no contar con una abundante representación en los relieves militares romanos, vamos a describir rápidamente y sin entrar en demasiado detalle. Estas máquinas tenían como principal objetivo sortear la muralla, tanto por encima de ella, como abriendo un agujero a través de ella.
Para abrir una agujero en la muralla se solían emplear varias máquinas, de las que el ariete es quizás la más popular. Los arietes abarcaban desde los modelos más simples,
Fig. 1: Escena que representa el uso del ariete simple manual, por parte de guerreros dacios contra una fortaleza romana. Columna de Trajano (113 d.C., Roma).
que eran portados directamente por los soldados sin protección alguna (Fig. 1), hasta modelos muy avanzados que se beneficiaban de la protección de las testudines vistas anteriormente y podían incluir arietes compuestos (Figs. 2 y 3). La principal característica del ariete era su viga basculante rematada de refuerzos de hierro, con la que las tropas golpeaban los muros o las puertas del asentamiento enemigo. Sin embargo, se presentan diferentes iteraciones de este mismo diseño. Si el ariete se dotaba de una tortuga protectora, pasaba a denominarse testudoarietata (Sáez Abad, 2005: 96), y esta viga con la que se impactaba sobre las defensas enemigas pasaba a estar colgada a través de cuerdas en el interior de la estructura, entre otras cosas para facilitar su transporte y accionamiento. Además, en estas estructuras, la viga del ariete podía estar recortada en su parte posterior respecto a la anterior, dando lugar a la necesidad de un contrapeso que nivelase esta viga (Campbell, 2009: 22). Esta disposición asimétrica reforzaba la embestida de la cabeza del ariete sobre las defensas enemigas, según recogen autores como Apolodoro.
Fig. 2: Rendición de Edessa. En la parte inferior se aprecia un ariete compuesto con dos tortugas, atacando la ciudad. Relieve del lado oriental del Arco de Septimio Severo (203 d.C., Roma).
Este mismo autor también trata la existencia de arietes compuestos (Figs. 2 y 3), cuya viga estaba dividida en varias secciones unidas entre sí por cuerdas y amarres, y que podían tener más de un punto sobre el que bascular la viga (Campbell, 2009: 22). Las tortugas que portaban estos arietes solían tener una prolongación de defensa para la cabeza del ariete, pues era común que los defensores buscasen inutilizarlos dejando caer troncos sobre la cabeza desprotegida de estos ingenios (Gilliver, 2001: 139). Por último, la cabeza del ariete se fijaba a la viga de madera con una banda de hierro, y era común que representase la cabeza de un carnero (aries en latín), de donde recibirían el denominación de «ariete» (Fig. 1) (Campbell, 2009: 22-23).
Fig. 3: Ariete compuesto basado en un diseño de Apolodoro. Se puede observar cómo el ariete está protegido por unas tortugas móviles, con diferentes capas defensivas. A la derecha se pueden apreciar dos galerías acabadas en un pluteus (Campbell, 2009: 23).
La acción de estos arietes se veía acompañada en muchas ocasiones de otro tipo de ingenios como taladros o la falx muraria. El taladro, trépano o terebra era un ingenio que, a imitación de los sistemas de torsión de la artillería, lanzaba con gran fuerza una viga rematada en punta de hierro con el objetivo de destruir los sillares que formaban el lienzo externo de la muralla.
Fig. 4: Modelo ideal de un taladro según Campbell (Sáez Abad, 2005: 98).
En cuanto a su construcción, sigue los rasgos expuestos de las tortugas, con la inclusión de un sistema de torsión en su interior para impulsar el propio taladro (Sáez Abad, 2005: 98). Por otro lado, la falxmuraria era un ingenio semejante al ariete pero que sustituía la cabeza de este por un gancho de hierro que se oscilaba de arriba a abajo para enganchar y tirar los sillares de la muralla desplazados por los impactos de los arietes, y así poder abrir la deseada grieta en las defensas enemigas (Sáez Abad, 2003: 33).
Las otras máquinas de asedio que vamos a tratar a continuación están destinadas a sortear los muros por encima, y abarcan desde la utilización de simples escalas de asalto, hasta las conocidas torres de asedio de varios pisos, y que han generado ríos de tinta en cuanto a sus características y construcción.
Como se ha dicho, el ingenio más simple de todos los aquí expuestos quizás sean las escalas o escaleras de mano (Fig. 4). Este método de asalto era muy costoso para el asaltante, pues al trepar por las escaleras de mano, el soldado se encontraba completamente desprotegido del fuego enemigo, y además debía realizar unas maniobras también arriesgadas para incorporarse de la escalera al paseo de ronda de la muralla. En consecuencia, este tipo de asaltos únicamente se daban por sorpresa y llevado a cabo por un grupo de élite de tropas destinadas a este tipo de intervenciones, o como apoyo a operaciones de asalto de mayor envergadura.
Fig. 4: Escena de asalto con escalas a muralla enemiga. Columna de Trajano (113 d.C., Roma).
Otro tipo de ingenios incluyen máquinas como el tolleno o la sambuca, que basaban su funcionamiento en el levantamiento basculante de parte de la estructura para acercarla a la muralla enemiga. En el caso del tolleno, se trataba de una estructura de cuatro ruedas con un brazo basculante a modo de balanza, y que en un extremo tenía una serie de sogas y poleas para accionar el brazo, y en el otro una cesta donde irían los soldados (Sáez Abad, 2005: 99). De esta forma, como si se tratase de una balanza, se aplicaba fuerza en uno de los lados para levantar el contrario y así alcanzar la parte superior de la muralla. La sambuca sería una evolución de este concepto, nacida en el contexto de la guerra de asedio naval, pero que también se empleo en operaciones terrestres (Sáez Abad, 2005: 100). Su funcionamiento sería semejante al del tolleno, con la diferencia de que esta tenía mucho mayor tamaño, y una vez enganchada a la muralla tras su elevación, constituía una conexión constante por la que podían subir los soldados, a diferencia de las restricciones de espacio de la cesta antes expuesta (Sáez Abad, 2003: 29). Este tipo de ingenios no ha quedado representado en los relieves.
Pero de entre estas máquinas de ascenso a las murallas, las más conocidas y de mayor difusión fueron sin lugar a dudas las torres de asedio (Figs. 5 y 6). Este tipo de máquinas empezaron a ser comunes desde el 200 a.C. (Campbell, 2009: 19), y cumplían funciones diversas dentro del campo de batalla, que podían incluir desde apoyar el avance de otras máquinas con fuego de cobertura, a ser la propia cabeza del asalto a las murallas. Vegecio propone un diseño tronco-piramidal en el que la superficie de la torre iría decreciendo según ganase altura, para así facilitar su estabilidad, y propone su división en tres niveles destinados a diferentes funciones: el nivel inferior albergaría la plataforma rodante con varias ruedas; el nivel intermedio contaría con el puente de asalto abatible para las murallas; y el nivel superior albergaría a arqueros y lanceros, e incluso alguna pieza de artillería, con la que hostigar a los enemigos (Campbell, 2009: 19).
Fig. 5: Torre de asedio siguiendo el diseño de Apolodoro. Se puede apreciar el uso del nivel inferior como ariete (Campbel, 2009: 19).
Aunque hubo torres que llegaron a alcanzar los 26,6 m de altura, como el caso de la torre de asedio de Masada (Davies, 2011: 78), lo común habrían sido torres de menores dimensiones, como el modelo propuesto por Apolodoro en el siglo II d.C. (Campbell, 2009: 19). Al igual que las tortugas, estas torres estarían recubiertas de pieles sin curtir para contrarrestar el fuego, y también habrían contado con odres de agua conectados a una manguera en cada nivel, para poder apagar un fuego en caso de que este llegase a producirse (Campbell, 2009: 20). Algunos autores han propuesto la existencia de una cubierta de planchas de hierro para mejorar su defensa frente a todo tipo de ataques, pero si esto llegó a darse, lo cierto es que habría sido de manera puntual y excepcional (Campbell, 2009: 19). El asalto de estos ingenios a las murallas enemigas requeriría del cegado de los fosos exteriores para que la torre pudiera acercarse. Una vez hecho esto, la torre podía limitarse a establecer fuego de cobertura para evitar que el enemigo atacase desde las murallas a los asaltantes (tanto a máquinas como a tropas), como buscar el asalto directo acercando la torre a la muralla y enganchando el puente basculante sobre ella, permitiendo así a las tropas de su interior tomar esa sección de muro en combate cuerpo a cuerpo. En alguna ocasión se conocen casos de torres de asedio que además contaban con un ariete en su nivel inferior para aumentar su versatilidad en asalto, pero de nuevo, se trataría de casos excepcionales (Campbell, 2009: 20).
Fig. 6: Representación de la captura de Ctesifonte. En la escena se ve una torre de asedio equipada con un ariete, atacando a la muralla de la ciudad. Panel IV del Arco de Septimio Severo (203 d.C., Roma).
Máquinas de asedio ofensivas de artillería
Las máquinas englobadas dentro del grupo de artillería comprenden aquellos ingenios destinados a arrojar tanto grandes dardos como piedras contra los defensores enemigos. Este tipo de máquinas tuvieron un papel clave en los asedios contra ciudades fortificadas, pero al contrario de lo que se suele pensar, su funcionalidad no estaría destinada a derribar las fortificaciones enemigas como en época medieval, sino que estarían destinadas sobre todo a hostigar a los defensores de las murallas para cubrir el avance de los asaltantes con fuego de contención. La principal razón de esto es que pese a los relatos de la potencia de algunos de estos ingenios, como el relato de Flavio Josefo expuesto a continuación, lo cierto es que no tendrían la fuerza necesaria para dañar una fortificación de piedra (Goldsworthy, 2003: 189).
«Uno de los que estaba con Josefo en lo alto de la muralla fue alcanzado por una de estas piedras, que le arrancó la cabeza, y su cráneo fue lanzado a una distancia de tres estadios [aproximadamente 555 metros]» (Flavio Josefo. Bello Iudaico, 3, 245).
Pese a que los primeros modelos de artillería empleados en el mundo antiguo fueron inventos derivados del gastraphetes griego, una máquina de no-torsión, lo cierto es que la artillería romana destacó sobre todo en los diseños de torsión. La artillería de torsión, denominada tormenta, se caracteriza porque los brazos que transmiten la energía cinética al proyectil están impulsados por haces de sogas, tendones e incluso cabello humano (Sáez Abad, 2003: 34) que se retuercen para almacenar energía, y luego se sueltan para imprimir una rápido empuje al proyectil. La principal ventaja de estas máquinas residía en que eran capaces de lograr una gran potencia de salida del proyectil, lo que le permitía apuntar en línea recta sin necesidad de recurrir a amplios recorridos parabólicos, y por tanto, obtener una gran precisión (Ble Gimeno, 2015: 72). Las fuentes diferencian estas máquinas entre ballistae, si estaban destinadas a arrojar piedras, y catapultae, si lo que lanzaban eran dardos (Ble Gimeno, 2015: 70), pero los diseños eran bastante semejantes entre ambas variantes, a excepción de las necesarias correcciones de tamaño y potencia en función del tipo de proyectil empleado.
Fig. 7: Recreación actual de una catapulta tipo scorpio del siglo I d.C.
El scorpio era el tipo de catapulta romana más empleado desde la República (Sáez Abad, 2003: 35). Consistía en dos brazos de madera unidos a los haces tensores, que impulsaban el proyectil con un modelo general semejante al de una ballesta. Los haces tensores se colocan en posición vertical en el bastidor de la pieza (capitulum), y se fijan a este gracias a cuatro piezas cilíndricas de bronce (modioli), que permiten regular la tensión y por tanto el alcance de la catapulta (Ble Gimeno, 2015: 73). Los refuerzos laterales del bastidor se denominan parasticae, y sirven para detener los brazos del scorpio durante el disparo. Por último, el scorpio cuenta con un travesaño con una hendidura que actúa a modo de canal de tiro, para dirigir el proyectil en su salida. Los bastidores de estos scorpiones (Figs. 8 y 9) podían tener inscripciones y decoración en el bastidor, que identificase la unidad a la que pertenecían. Esto se debe a que desde Julio César, la artillería pasó a ser mantenida de forma permanente por la legión, con un cuerpo regular de ingenieros destinado a su mantenimiento (Ble Gimeno, 2015: 71). De hecho, la artillería cobró tal importancia que pasó a ser parte del equipamiento que la legión debía llevar consigo, habiendo un scorpio por centuria, y una ballista por cohorte (Goldsworthy, 2003: 193).
Fig. 8: Ilustración de la placa de capitulum dorada hallada en Cremona. Pertenecío a una máquina de la Legio IIII Macedonica (ca. 45 a.C.).
Fig. 9: Detalle del lateral del monumento funerario de Caius Vedennius Moderatus, que representa el capitulum de una catapulta vista frontalmente (Roma,siglo I d.C.) [Términos latinos en cursiva].
Sobre este modelo base, se conocen diferentes modificaciones del sistema, como las mencionadas ballistae de dos brazos con proyectiles de piedra o la ballista de brazos de recorrido interior de Hatra (s. III d.C.), que aumentaría la potencia de salida del proyectil al aumentar el grado de torsión de los haces, y de la que sólo se conocen referencias escritas (Campbell, 2009: 32-33). Sin embargo, otro modelo artillero de dos brazos que sí que se conserva en los relieves es el de la quirobalista (Fig. 10), un aparato de funcionamiento semejante al scorpio, pero que sustituye el bastidor de madera por un cuerpo de metal más pequeño, haciendo este diseño igual de potente que su hermano mayor, pero más ligero, manejable y resistente (Campbell, 2009: 31). Además, este arma, que podía ser operada por sólo dos soldados (Fig. 10), también constaba de piezas intercambiables que permitían su reparación en mitad del combate. Este modelo más portátil, representado en la Columna Trajana, también se adaptará en cierta medida a su uso en batallas campales, acoplándola a un carro (carrobalista) (Fig. 11).
Fig. 10: Representación de una quiroballista siendo operada por dos legionarios. Probablemente se trate de artillería defensiva por estar sobre un muro. Columna Trajana (113 d.C., Roma).
Fig. 11: Representación de una carrobalista durante su transporte. Columna Trajana (113 d.C., Roma). [Términos latinos en cursiva]
Brevemente, cabe destacar que de este tipo de máquinas sí que se han encontrado restos en el registro arqueológico, que complementan la información obtenida por las fuentes escritas e iconográficas. Para el caso peninsular, se han localizado varios restos de armazones metálicos de scorpiones romanos, de entre los que vamos a destacar el capitulum, las parasticae (barras de refuerzo laterales), y los modioli de scorpio aparecidos en Camnireal (Teruel) (Fig. 12). Además de esto, también se han encontrado aquellos proyectiles que estas máquinas disparaban (Fig. 13), sobre todo en los las fortalezas donde tuvieron lugar asedios a gran escala como Masada o Amida, pero también en otros sitios de menor envergadura.
Fig. 12: Refuerzos de hierro del capitulum, parasticae y modioli de una catapulta tipo scorpio (80-72 a.C., Caminreal, Teruel).
Fig. 13: Proyectiles de ballista de diferentes tamaños hallados en Calagurris (Museo de la Romanización, Calahorra, La Rioja). [Términos latinos en cursiva]
El último ingenio de torsión que se va a tratar aquí es el onager (Fig. 14), un ingenio que pese a aparecer de manera esporádica en fuentes como Filón (s. I d.C.) o Apolodoro de Damasco (s. II d.C.), no verá su uso generalizado hasta el siglo IV d.C. El onager era una máquina lanza piedras de torsión, en la que había un único brazo basculante conectado a un haz de torsión horizontal. El brazo realizaba un arco vertical de ascenso, y soltaba el proyectil gracias a una honda que se liberaba cuando éste alcanzaba su punto más alto (Campbell, 2009: 33). El onager recibía este nombre por su semejanza con la coz de un asno salvaje (onager), pues la gran potencia que lograba hacía necesaria una gran plataforma de tierra y sacos acolchados para detener el brazo tras el lanzamiento, dando lugar a un fuerte golpe contra esta superficie (Sáez Abad, 2005: 76; Campbell, 2009: 33). El onagro era una máquina de grandes dimensiones que requería de entre 6 y 10 operadores para funcionar (Sáez Abad, 2005: 76-77), un número bastante más elevado que en las ballistae previas. Por otro lado, los onagri tenían como ventaja la simpleza de su mecanismo, que al depender de un único haz de torsión, no requería de calibración previa para coordinar ambos haces como en las balistas de dos brazos (Sáez Abad, 2005: 77; Campbell, 2009: 34). Por tanto, pese a su gran tamaño y escasa maniobrabilidad, el onager se coloca como una máquina fiable capaz de provocar daños devastadores, incluso en fortificaciones de poca entidad.
Fig. 14: Reconstrucción actual de un onagro. En este modelo no se representa la pila de tierra que detendría el brazo de los modelos más grandes.
Con todo esto explicado, podemos comenzar el asalto a la siguiente entrada: las tácticas y métodos de asedio.
BLE GIMENO, E. (2015): «La artillería de las legiones». Desperta Ferro, Especiales, Vol. VIII, pp. 70-75.
CAMPBELL, D. (2009): Guerra de asedio en Roma. Madrid: Osprey Publishing.
DAVIES, G (2011): «The Roman Field Works at Masada». Bulletin of the American Schools of Oriental Research, Vol. 362, pp. 65-83.
GILLIVER, C. M. (2001): The Roman Art of War. Stroud: The History Press.
GOLDSWORTHY, A. (2003): El ejército romano. Madrid: Akal.
SÁEZ ABAD, R. (2003): «La poliorcética. El éxito asegurado en las operaciones de asedio». Espacio, Tiempo y Forma, Serie II, Historia Antigua, Vol. 16, pp. 19-39.
SÁEZ ABAD, R. (2005): Artillería y Poliorcética en el Mundo Grecorromano. Madrid: Ediciones Polifemo.
En esta entrada hablaremos sobre la espada corta romana usada durante la República, desde el siglo III a.C. para ser más concretos, el gladius hispaniensis. Disponemos de pocos relieves que representen este gladius, y en los pocos que observaremos aquí aparecerá siempre envainada, así que usaremos otras fuentes información para analizarlo. La adopción de esta espada por los romanos nunca ha estado del todo clara; no obstante, al final de la entrada trataremos una de las teorías más reconocidas sobre su origen y adaptación al estilo romano.
Adopción por el ejército romano
Las fuentes literarias que se refieren al hispaniensis, nos sirven para saber las fechas en las que esta espada comenzó a ser utilizada por las legiones. Polibio (200 – 118 a.C.) nos relata que los romanos combatían ya hacia los años 225 – 221 a.C. con un nuevo tipo de arma usada para herir de punta, pero sin especificar que era también útil a la hora de cortar con el filo, por lo que no sabemos si el autor griego se está refiriendo al gladius hispaniensis. Más tarde, tanto el propio Polibio como Livio indican que los íberos, que combatieron junto a Aníbal en Cannas (216 a.C.), portaban una espada sólida; y esta vez sí se especifica que era apta para herir tanto de punta como de filo.
“Los iberos y los galos tenían el escudo muy parecido, pero en cambio las espadas (xiphe) eran de factura diferente. Las de los iberos podían herir tanto de punta como por los filos; la espada gala, en cambio, servía sólo para herir de filo, y ello aún a cierta distancia.» (Polibio, Historias III, 114, 2-4).
Por otro lado, la Suda, la gran enciclopedia bizantina de posible carácter polibiánico (s. X d.C.), es el único texto grecolatino que llega a especificar la adopción romana de un arma íbera:
«Los celtíberos difieren mucho de los otros en la preparación de las espadas (macha ira). Tienen una punta eficaz y doble filo cortante. Por lo cual los romanos, abandonando las espadas de sus padres, desde las guerras de Aníbal cambiaron sus espadas por las de los iberos. Y también adoptaron la fabricación, pero la bondad del hierro y el esmero de los demás detalles apenas han podido imitarlo.» (Suda, Fr. 96).
Así, podemos ver como la Suda establece que los romanos adoptaron un arma nueva en época de Aníbal capaz de herir de punta y de filo; probablemente la que llevaban los íberos en Cannas como nos habían indicado Polibio y Tito Livio (QUESADA SANZ 1997: 43). Por tanto, parece ser que las fuentes coinciden en el hecho de que los romanos tomaron una espada multifuncional (tajo y estoque) de origen hispano, durante la primera parte de la Segunda Guerra Púnica (218 – 201 a.C.); probablemente entre la batalla de Cannas (216 a.C.) y la toma de Cartago Nova (209 a.C.).
Por último, Livio nos indica también que hacia el 200 a.C., en una campaña contra los macedonios, la caballería romana utilizaba el mortífero gladius hispaniensis ante el cual los enemigos se horrorizaban.
«El miedo se instaló en sus corazones. al estar acostumbrados a luchar contra los griegos y los ilirios, [los macedonios] estaban habituados a las heridas causadas por flechas y, a veces, por lanzas. Pero ahora veían cómo el gladius hispaniensis [usado por los romanos] cortaba brazos enteros, separaba limpiamente las cabezas del cuerpo y dejaba al descubierto los órganos internos a través de heridas horrendas. Cuando se dieron cuenta el tipo de hombres y de armas a los que tenían que enfrentarse, el pánico se adueñó de ellos.» (Livio, Historia de Roma 31, 35).
Descripción
En la actualidad sigue existiendo un importante debate acerca de las dimensiones y forma del gladius hispaniensis como consecuencia de los escasos hallazgos arqueológicos y de la vaguedad de las fuentes literarias a la hora de describirlo. No obstante, intentaremos establecer las características básicas de la estructura del hispaniensis con la ayuda de los relieves y datos arqueológicos disponibles.
Fig. 1: Estela del centurión Minucius Lorarius (Padua, 43 a.C.).
Uno de los escasos relieves de época republicana que nos ayudan a reconstruir el pomo del gladius hispaniensis, pieza que no se conserva en el registro arqueológico por ser probablemente de un material perecedero (como la madera), es la estela funeraria del centurión Minucius Lorarius (Fig. 1), hallada en Padua (Italia).
El difunto está representado con una serie de elementos entre los que destaca el gladius que sujeta con la mano izquierda (BISHOP & COULSTON 2016: 57); el pomo de la espada tiene forma de trébol (Fig. 2). Algunos autores han considerado que se trata más bien de un pugio o daga (QUESADA SANZ 2007: 390) en vez de un gladius a causa de su longitud, por lo que no podemos fiarnos de esta representación al ciento por ciento.
Fig. 2: Detalle del gladius hispaniensis de la estela del centurión Minucius Lorarius. Nótese la forma del pomo y el armazón que cubre la vaina probablemente de madera.
Otro relieve de época republicana que posiblemente nos muestre el hispaniensis es el relieve del altar de Domicio Ahenobarbo (Fig. 3), que ya hemos visto previamente en este blog. El gladius aquí representado está envainado nuevamente, pero podemos distinguir claramente el pomo y la empuñadura. Como podemos observar, el pomo es diferente al de la estela de Minucius Lorarius; en este caso es claramente más simple y la empuñadura parece estar cubierta de unas acanaladuras, aspecto común en las espadas romanas de esta época (DAVOLI & MIKS 2015: 33). De todos modos, los pomos y guardas de las espadas romanas son por lo general poco conocidas para la época republicana, así que habrían podido ser completamente diferentes unos de otros a pesar de ser el mismo tipo de arma (QUESADA SANZ 1997: 47). En resumen, no podemos estar seguros acerca de la forma y dimensiones de la empuñadura y del pomo de la espada en cuestión utilizando únicamente los relieves como fuente de información.
Fig. 3: Relieve del altar de Domicio Ahenobarbo de Roma de finales del s. II a la primera mitad del s. I a.C. (derecha) y detalle del gladius hispaniensis de un legionario de época republicana (izquierda).Fig. 4: La espada de Delos (Grecia, c. 69 a.C.). Posible ejemplo de gladius hispaniensis romana republicana. Nótese las anillas del tahalí que se han conservado.
En 1986 se encontró en Delos (Grecia) una espada (Fig. 4) que los expertos han establecido como gladius hispaniensis y a partir de la cual se basa la siguiente descripción: la hoja, de filos paralelos, mide 63 cm de largo y 57 mm de ancho; la punta es triangular y corta; la empuñadura es de espiga (la longitud total con la espiga es de 76 cm); la vaina es de cuero y posee una armazón de hierro; su sistema de suspensión es característico del mundo mediterráneo: dos abrazaderas metálicas que sostienen dos anillas para un tipo de suspensión probablemente de tahalí colgado del hombro y cruzado sobre el pecho (QUESADA SANZ 1997: 47). La espada se hallaba aún en una vaina con las anillas de suspensión y dos hebillas (ver Fig. 4). Además, los restos de una empuñadura de madera carbonizada estaban fijados a través de siete remaches que aún eran visibles (BISHOP & COULSTON 2016: 58 – 59).
Así pues, este tipo de arma estaba diseñada para golpes de tajo y de punta, tal y como nos indicaban las fuentes literarias. Los hallazgos de unos ejemplares de gladius hispaniensis en Francia y en España (como aquellos encontrados de La Azucarera, la Rioja) coinciden de manera aproximada con la longitud y morfología de la espada de Delos (QUESADA SANZ 1997: 47). El hispaniensis era pues un arma corta concebida para pelear en una formación cerrada, de un modo claramente distinto al de los celtas, que poseían espadas más largas y diseñadas para el tajo.
Fig. 5: Comparación de los gladii romanos: el gladius hispaniensis (arriba), el gladius maguncia (medio) y el gladius pompeii (abajo). El pomo del hispaniensis está basado en la espada representada en la estela de Minucius Lorarius, mientras que la acanaladura de la empuñadura nos recuerda al relieve del altar de Domicio Ahenobarbo.
Origen celta
En cuanto a la cuestión del origen de este gladius, se cree que se halla en viejas importaciones de espadas de la cultura La Tène I (cultura celta de la Edad del Hierro europea) que llegaron a Hispania desde finales del s. IV a.C. y se fueron modificando sustancialmente en relación con lo gustos locales de zonas como la Meseta y el Sureste peninsular. Esta serie de modificaciones sucedidas en la Península Ibérica a lo largo del s. III a.C., que son detectables en el registro arqueológico, habrían creado un modelo similar a las gladii hispaniensis romanas (QUESADA SANZ 2007: 398).
Fig. 6: Esquema de la evolución de espadas galas, ibéricas y romanas y el origen del gladius hispaniensis (QUESADA SANZ 2007: 396).
Por un lado, la longitud de la hoja se frenó en unos 60 cm, a diferencia de las espadas galas de la cultura La Tène II, que siguieron creciendo en longitud. Por otro lado, el material de la vaina pasó de ser metálico a ser de cuero o madera, añadiéndole un armazón de hierro. A su vez, al sistema de suspensión galo, basado en la suspensión vertical mediante pasador o “pontet”, se le añadió unas abrazaderas horizontales que sostienen las anillas para el sistema de tahalí, propio del mundo mediterráneo (usado por los celtíberos) y originario del mundo griego. Por último, la decoración (que no solía existir en las espadas galas) aparece en forma de placas repujadas en la vaina (QUESADA SANZ 2007: 398).
A modo de conclusión, podemos afirmar que hacia finales del siglo III a.C. y durante la Segunda Guerra Púnica (218 – 201 a.C.), los romanos adaptarían estas espadas cortas, usadas por los íberos y de origen galo (celta), a su gusto, convirtiéndolas en lo que hoy conocemos como gladius hispaniensis, la espada romana más famosa de época republicana.
DAVOLI, P. & MIKS, C. (2015): «A New ‘Roman’ Sword from Soknopaiou Nesos (El-Fayyum, Egypt)», ISAW papers, 9, pp. 1 – 43.
GOLDSWORTHY, A. (2005): El ejército romano, Akal, Madrid.
QUESADA SANZ, F. (2007): “Hispania y el ejército romano republicano. Interacción y adopción de tipos metálicos”, Sautuola: Revista del Instituto de Prehistoria y Arqueología Sautuola, 13, pp. 379 – 402.
QUESADA SANZ, F. (1997): “¿Qué hay en un nombre? La cuestión del Gladius Hispaniensis”, Boletín de la Asociación Española de Amigos de la Arqueología, 37, pp. 41 – 58.
[Al igual que en mis anteriores entradas, comienzo esta realizando una pequeña anotación. El tema de la guerra de asedio en el mundo romano es tremendamente amplio, por lo que nos hemos visto obligados a dividirlo en varias entradas, que se irán publicando en los próximos días. Esta primera entrada tratará sobre las fuentes de estudio de la guerra de asedio en el mundo romano, y las primeras máquinas que se verán reflejadas en estas entradas: las máquinas de asedio defensivas]
AVE
La acción expansiva llevada a cabo por Roma en la antigüedad clásica le llevó a tener que enfrentarse con otras urbes vecinas (y no tan vecinas), con el objetivo de cubrir estos esfuerzos expansionistas. A la hora de llevar a cabo estas campañas, no siempre fue posible obtener la victoria sobre el rival en una batalla campal, por lo que muchas veces hubo que recurrir al asedio de las ciudades o asentamientos donde se refugiaban los enemigos. Los romanos, que recibieron estas técnicas principalmente de sus contactos con el mundo helenístico y púnico (Fig. 1) (Campbell, 2009: 7), acabaron siendo grandes exponentes de su eficacia, logrando un porcentaje de éxito en sus campañas de asedio próximo al noventa por ciento (Sáez Abad, 2003: 19). Por tanto, resulta de gran interés preguntarse cómo una población que conoció estas técnicas a partir de sufrir sus consecuencias en sus propias ciudades, consiguió adoptarlas con la eficacia suficiente como para convertirse en una potencia hegemónica a este respecto en el mediterráneo occidental y central, y ser capaz de rivalizar con las civilizaciones del mediterráneo oriental, alma máter del arte de asediar ciudades.
Fig. 1: Detalle del friso de Pérgamo. Representa el frontal de una catapulta helenística. Se aprecian muy bien los muelles de torsión que impulsan los brazos (197-159 a.C., Pérgamo).
Al igual que ha venido sucediendo hasta ahora en este blog, se analizarán las diferentes máquinas y técnicas de asedio empleadas por las legiones de Roma en diferentes momentos de su existencia, usando como fuente principal la información iconográfica recogida en diferentes relieves conmemorativos. Sin embargo, esta información necesariamente deberá verse complementada con otro tipo de fuentes como las propias fuentes escritas o la arqueología, la cual jugará un papel clave tanto en la obtención de registro material asociado a estas máquinas de guerra, como en su reconstrucción funcional gracias a los aportes del campo de la Arqueología Experimental.
Las fuentes de estudio
Las fuentes documentales
«Les rodeé con una empalizada y una trinchera. Les asedié con seis fuertes y gigantescos campamentos. Les asalté con la ayuda de rampas y torres, y tras emplear numerosas catapultas y arqueros […] les sometí completamente […] se rindieron a mí en el quincuagésimo séptimo día» Cicerón (Campbell, 2009: 7).
Dentro del estudio de las máquinas y técnicas de asedio de la antigüedad romana, las fuentes documentales se colocan quizás como las que mayor información aportan sobre el funcionamiento de estos ingenios, y sus métodos de empleo. Sin embargo, hay que valorar esta información de manera crítica, pues los autores romanos tendieron a engrandecer los avances de Roma en este campo, y algunas de las máquinas que describen constan de intricados diseños que quizás nunca llegaron a trascender el propio tratado teórico (torres de asedio con pequeñas torres ocultas que se elevan mediante poleas al llegar a la muralla para despistar al enemigo). De hecho, algunos autores han llegado a poner en duda el desarrollo de la artillería por parte de Roma, alegando que buena parte de los ingenios empleados durante época romana tienen su base directa en aparatos de época helenística (Campbell, 2009: 8). Pese a todo, la aportación de estas fuentes resulta de gran valía a la hora de estudiar estos asedios.
Cabe resaltar que una buena parte de las referencias a asedios en la literatura romana únicamente mencionan el empleo de «ingenios» durante los asedios, sin entrar en más detalle sobre sus características o su uso. Por ello, habrá que recurrir a verdaderos tratados tácticos militares para poder obtener esta información. Uno de los primeros tratados conservados al respecto es la obra de Eneas «El Táctico»: Sobre la defensa de posiciones fortificadas. En esta obra, se trataban diferentes aspectos de la guerra de asedio, tanto desde el punto de vista de la defensa como del ataque, aunque únicamente se ha conservado la sección referida a la defensa de ciudades (Gilliver, 2001: 133). Otros autores griegos con grandes aportaciones a este campo fueron: Bitón de Pérgamo, con su obra Bitonos Kataskeuai Polemikon Organon Kai Katapalticon (ca. 240 a.C.) [De la construcción de máquinas de guerra y catapultas], donde habla de artillería de no-torsión y máquinas de asalto (Sáez Abad, 2005: 20); Filón de Bizancio, con sus obras Poliorcetica, Belopoeica y Pneumatica, todas ellas del s. III a.C., y que suponen un completo tratado sobre el asedio en el mundo helenístico; y por último Heron de Alejandría, cuya obra data de mediados del s. I d.C. y principios del s. II d.C., que entre otras cosas, destacaría por su diseño de la quirobalista (Gilliver, 2001: 133-134; Sáez Abad, 2005: 18-21). De entre las fuentes romanas, destaca la obra de Vitrubio, quién dedica tres capítulos de su obra De Architectura a la artillería (Sáez Abad, 2005: 21). Otros autores destacados serán Frontino (s. I d.C.), que trata estratagemas de ataque y defensa; Onasandro (s. I d.C.), cuya obra se centra en el ataque; y Apolodoro de Damasco (ss. I-II d.C.). Para el Bajo Imperio y la transición a la Tardoantigüedad, la información viene de la mano de Amiano Marcelino, Flavio Vegecio Renato (De re militari), y de la obra de autor desconocido De rebus bellicis.
Las fuentes arqueológicas
Fig. 2: Recreación del sistema defensivo romano en la circumvallatio de Alesia (52 a.C.).
Por desgracia, los restos de máquinas de asedio localizados en contextos arqueológicos son muy escasos (Bishop y Coulston, 2016: 18), y se limitan prácticamente a fragmentos de piezas de artillería, lo cual deja fuera del estudio todas aquellas máquinas de asalto no artilleras que se van a tratar en estas entradas. Los restos de las fortificaciones sin embargo, sí que pueden ser estudiados a través del registro arqueológico, y gracias a estos conocemos también la estructuración de las circumvallationes romanas en las ciudades asediadas (Fig. 2), o determinados trabajos sobre el terreno. De hecho, en el caso de la ciudad de Dura-Europos, las excavaciones arqueológicas han permitido secuenciar las diferentes fases del asedio de esta ciudad romana por parte de los sasánidas en el 256 d.C., obteniendo unos muy interesantes resultados y arrojando luz sobre una forma de asedio poco conocida: la guerra de túneles.
Fig. 3: Recreación actual de una catapulta tipo scorpio romana. Construcción de Rubén Sáez Abad.
Además, en la actualidad se están llevando a cabo muchos trabajo de reconstrucción de estas máquinas dentro del campo de la Arqueología Experimental, como forma de validar los diseños expuestos en los tratados militares clásicos, y de entender mejor el funcionamiento, las ventajas e inconvenientes de estos aparatos (Fig. 3).
Las fuentes iconográficas
Por último, la iconografía también aporta interesantes aportes que permiten reconstruir la estructura y forma (clave para las reconstrucciones experimentales) de algunas de las máquinas que se van a exponer a continuación. Por desgracia, no se conservan representaciones iconográficas de todas ellas. Sin entrar en la enumeración de todos los soportes que presentan este tipo de imágenes, y que irán saliendo según se desarrollen las entradas, se pueden destacar como principal fuente de estudio los monumentos conmemorativos, tanto columnas, como arcos del triunfo y lápidas, que representan estas piezas, con el factor añadido de que muchas de ellas aparecen en funcionamiento, lo cual también resulta de interés a la hora de reconstruir como se operaban estos artefactos.
Como se ha visto, cada una de las fuentes disponibles trata aspectos diferentes y variados del asedio en el mundo romano, y todos ellos incompletos, por lo que es nuestro deber intentar correlacionar toda esta información para obtener una imagen más o menos completa sobre este aspecto del mundo antiguo.
Máquinas de asedio
La eficacia de las legiones romanas a la hora de tomar asentamientos fortificados dependía en gran medida en la amplia variedad de enfoques con los que podían responder a cada caso concreto. Y esta variedad de enfoques requería necesariamente de un amplio abanico de máquinas que permitiese afrontar cada situación de manera casi individualizada.
Los abrigos defensivos
Aunque generalmente se suelen concebir las armas de asedio como equipamientos de carácter eminentemente ofensivo, lo cierto es que a la hora de desarrollar las acciones propias del asedio, los soldados requerían en muchos de esos casos de parapetos con los que resguardarse de los ataques del enemigo.
Este es el caso de los manteletes y los plutea, unas pantallas móviles construidas con mimbre o planchas de madera (según el tipo de defensa al que se enfrentasen), y que podían estar recubiertos de pieles para contrarrestar ataques de fuego (Sáez Abad, 2003: 26; 2005: 101-102). El mantelete era la versión más arcaica, y los soldados las desplazaban gracias a un par de asas, como si se tratase de un gran escudo. Además, su forma plana provocaba que los soldados quedasen expuestos por los flancos al acercarse a las murallas. Por esto, el pluteus adquirió una forma absidial semicircular (Fig. 4) para defender los flancos con mayor eficacia, y se le dotó de tres ruedas para facilitar su desplazamiento sobre el terreno (Sáez Abad, 2003: 26; 2005: 101-102). En algunas ocasiones, estas estructuras móviles podían colocarse de manera estática sobre una determinada posición para defenderla (por ejemplo para defender a los constructores de una rampa de asedio), para lo cual podían reforzarse con una pequeña empalizada o terraplén, o colocar varias de estas estructuras anexas con el fin de crear un frente de muro en el campo de batalla (Sáez Abad, 2003: 26; 2005: 101-102).
Otro tipo de estructura móvil era el musculus, una «carpa» cuya principal función era transportar a cubierto a los obreros encargados de las labores de minado y rellenado de fosos (ver siguiente entrada). La galería estaba cubierta con una techumbre a dos aguas construida con tablas de madera, y paneles móviles a los lados que podían recolocarse o quitarse en función del objetivo conseguido, todo ello apoyado sobre cuatro ruedas que facilitaban su movimiento (Sáez Abad, 2003: 27; 2005: 103).
Fig. 4: Maqueta de una vinea, cerrada de frente por un pluteus.
Dentro de las estructuras estáticas, las más comunes eran las de tipo vineae (Fig. 4). Estas estructuras eran galerías cubiertas muy amplias y con capacidad para albergar muchos soldados, cuya finalidad era permitir a estas tropas acercarse a las murallas a salvo de los proyectiles enemigos. Al igual que el musculus, estaban recubiertas por un tejado de madera a doble vertiente para desviar los ataques de los defensores, y unos laterales de mimbre, todo ello protegido contra el fuego con una capa de piel sin curtir (Sáez Abad, 2003: 26-27; 2005: 102; Campbell, 2009: 17). A parte de estas vineae, existen otras estructuras menos comunes como el embolon, una estructura cuyo frente es de forma triangular a modo de proa de barco (Fig. 5), y cuya principal funcionalidad era la de desviar los barriles o carromatos que los defensores les arrojaban ladera abajo aprovechando su situación por encima de la línea de ataque romana (Campbell, 2009: 17).
Fig. 5: En la parte superior derecha se puede apreciar como unas máquinas triangulares interceptan barriles arrojados por los defensores de una fortaleza. Columna de Trajano (Roma, 113 d.C.) (Campbell, 2009: 10).
Por último, no se puede tratar un apartado destinado a las estructuras defensivas de asedio sin tratar la tortuga o testudo, si bien es verdad que esta ya entraría más en la propia categoría de máquina de asedio, más que de abrigo y refugio. La tortuga era una estructura móvil de protección, cuyo nombre proviene de la semejanza que guardaba con el caparazón del animal, más aún si constaba de un ariete que la asemejase a la cabeza de este animal (Sáez Abad, 2005: 94). La estructura defensiva sigue los patrones expuestos hasta ahora, con un cuerpo interior de vigas de madera para constituir el esqueleto de la testudo, una cubierta de placas de madera resistente (madera de palma a ser posible), y por último una cubrición de pieles sin curtir acompañadas con algas, paja macerada con vinagre o incluso barro, todo ello para proteger la estructura de los daños
Fig. 6: Testudo ideal según Campbell, en el que el cuerpo es piramidal. Este ejemplo lleva un ariete asociado, aspecto que se tratará en la siguiente entrada.
por fuego (Sáez Abad, 2005: 94). Sin embargo, los diferentes autores difieren sobre la forma que tendría esta máquina. Campbell propone una estructura de tipo piramidal (Fig. 6) cuya principal finalidad sería la de desviar los proyectiles recibidos y minimizar así el daño por impacto contra la estructura. Por otro lado, Connolly apuesta por un modelo de forma semejante a las galerías tipo vineae, pero con la posibilidad de desplazarlo con ruedas (Sáez Abad, 2005: 95-97).
La principal función de esta testudo defensiva era la de proteger los equipos de obreros que iban a rellenar los fosos para permitir el paso de torres de asedio, o construir rampa de ascenso, o incluso comenzar a excavar túneles subterráneos con los que introducirse bajo la muralla enemiga (Sáez Abad, 2005: 94). Sin embargo, la mayor parte de las veces esta tortuga no quedó relegada a funciones defensivas, sino que pasó a la acción por medio de la inclusión de arietes u otras armas de ataque en su interior, constituyéndose como base fundamental de las máquinas ofensivas.
Con esto visto, en la siguiente entrada se tratarán las máquinas de asalto. ¡Resguardaos bajo la testudo y aguantad posiciones!
CAMPBELL, D. (2009): Guerra de asedio en Roma. Madrid: Osprey Publishing.
GILLIVER, C. M. (2001): The Roman Art of War. Stroud: The History Press.
SÁEZ ABAD, R. (2003): «La poliorcética. El éxito asegurado en las operaciones de asedio». Espacio, Tiempo y Forma, Serie II, Historia Antigua, Vol. 16, pp. 19-39.
SÁEZ ABAD, R. (2005): Artillería y Poliorcética en el Mundo Grecorromano. Madrid: Ediciones Polifemo.
En la anterior entrada, vimos como la guardia pretoriana evolucionaba en cuanto a su equipamiento durante la segunda mitad del s. I d.C. En esta entrada haremos un estudio breve de cómo esto continúa evolucionando durante el siglo II d.C. con la dinastía Antonina (96 – 192 d.C.). Nos ayudaremos de diversos relieves que nos muestran a la guardia pretoriana durante esta fase, algunos de ellos muy famosos y la mayor parte de ellos situados en Roma como por ejemplo la Columna Trajana (113 d.C.), el basamento de la Columna de Antonino Pío (161 d.C.), la Columna Aureliana (c.185 d.C.), etc.
Vestimenta
Sabemos que la túnica de lino o lana y de mangas cortas seguía siendo la prenda de vestir básica para la guardia imperial durante todo el s. II d.C.; un relieve proveniente de Chartsworth House (Inglaterra) nos muestra a un pretoriano equipado con túnica y gladius realizando trabajos de construcción (Fig. 1).
Fig. 1: Relieve de Chatsworth House (primera mitad del s. II d.C.).
Esta sería la típica túnica militar romana; en el relieve podemos presenciar como está anudada en la parte trasera del cuello (SUMNER 2002: 46). Por otro lado, poseemos una referencia que nos indica que la paenula o prenda de abrigo pervivió durante buena parte del s. II d.C.: un nicho hallado en Pozzuoli (Italia), que probablemente formaba parte de un arco en honor a Trajano.
Fig. 2: Relieve de un pretoriano hallado en Pozzuoli (Italia, s. II d.C.). Nótese el uso tardío de la paenula, prenda que había comenzado a desaparecer progresivamente del ejército desde finales del s. I d.C.
El denominado calceus (ver Fig. 10), zapato que formaba parte de la indumentaria de los oficiales superiores desde los comienzos del Imperio, estaba hecho de cuero, cubría todo el pie y la planta y se ataba con tiras del mismo material en el tobillo o la pierna (SUMNER 2002: 39). Durante el reinado de Trajano (98 – 117 d.C.), las tropas situadas en las fronteras del norte del Imperio comenzarán a utilizar un nuevo calzado más cerrado: se trata de una bota de cuero, similar a dicho calceus, con una suela muy reforzada y con tachuelas, como la caliga, para mejorar el agarre y evitar el desgaste de la suela (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 87). Este modelo de calzado provenía del mundo civil, aunque estaba claramente más reforzado; una posible explicación a su adopción primigenia en las fronteras del norte del Imperio es la rigurosidad del clima, que supondría un inconveniente para las tropas que seguían usando un calzado abierto como la caliga. No obstante, el abandono de la caliga llegó posiblemente de forma más tardía a los pretorianos estacionados en Roma, tanto por su carácter arcaizante comentado en las anteriores entradas como por el clima de la capital, que no era tan riguroso como el que vivían los legionarios en la frontera germana.
Casco
Como habíamos comentado en la anterior entrada, el yelmo de tipo Weisenau “gálico imperial” fue probablemente usado por los pretorianos hasta fines del s. II d.C. Sin embargo, los relieves de esta época nos revelan que los cascos de tipo “itálico imperial” (Fig. 3) fueron empleados preferentemente por la guardia del emperador.
Fig. 3: Reconstrucción de un casco de tipo «itálico imperial».
Estos modelos itálicos fueron creados a principios del Principado y se mantuvieron en uso hasta mitades del s. II d.C. Constituían una variante de los “gálicos imperiales” y estaban igualmente fabricados en hierro con ribetes de bronce, aunque generalmente no solían estar decorados. En la Columna de Trajano, vemos como los pretorianos aparecen representados con penachos cortos (Fig. 4), usando probablemente algún yelmo de tipo “itálico imperial”, ya que estos poseían además una hendidura en la corona (parte superior) donde se ajustaban estas crestas (RANKOV 2009: 53).
Fig. 4: Sección de la escena CIV de la Columna de Trajano (113 d.C.). En este monumento se representa a la guardia pretoriana con penachos cortos en sus yelmos.
Coraza
Existen diversos relieves del s. II d.C. que nos muestran a la guardia pretoriana en campaña vistiendo la lorica segmentata. Esta armadura, a la que dedicaremos una entrada específica, fue con seguridad parte del equipamiento de la guardia imperial hasta finales del s. II d.C. En la escena CIV de la Columna Trajana (ver Fig. 4 y Fig. 5), donde se representa un discurso del emperador Trajano dirigido a sus tropas, podemos observar claramente a los pretorianos portando la lorica segmentata.
Fig. 5: Sección de la escena CIV de la Columna Trajana (113 d.C.).
Además, en una de las caras de la base de la Columna de Antonino Pío (Fig. 7) se distingue a un grupo de pretorianos con la misma armadura.
Fig. 6: Relieve de la guardia pretoriana en el basamento de la Columna de Antonino Pío (161 d.C.).
Por otro lado, tenemos evidencias de la presencia de otro tipo de armadura para esta época: se trata de la lorica squamata o coraza de escamas. Este tipo de cota de escamas se fabricaba mediante la aplicación de pequeñas piezas de metal con forma de escamas acopladas entre sí a una pieza inferior (de lino o cuero) que servía de base para mantenerlas en su sitio (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 103). La movilidad del portador se veía reducida en comparación con la cota de malla, así como su resistencia y capacidad defensiva. No obstante, su bajo coste de fabricación y facilidad de mantenimiento, realizable por los propios soldados, la convirtió en la armadura más usada durante la segunda mitad del s. II d.C. por la guardia pretoriana; sobre todo a partir del reinado del emperador Marco Aurelio (161 – 180 d.C.).
Fig. 7: Relieve de la Columna de Marco Aurelio (c. 185 d.C.).
Un ejemplo de representación escultórica de la lorica squamata lo hallamos en la Columna Aureliana (c. 185 d.C.), donde un grupo de pretorianos aparecen combatiendo equipados con dicha coraza (Fig. 7), así como en un relieve del desaparecido Arco de Marco Aurelio en Roma (Fig. 8). El uso de la squamata se extenderá durante los siglos III y IV d.C. (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 104).
Fig. 8: Adventus de Marco Aurelio (176 – 182 d.C.). A la derecha aparece un guardia pretoriano en primer plano portando la lorica squamata.
Escudo
En la Columna Trajana las cohortes pretorianas aparecen representadas con escudos rectangulares curvados, al igual que los legionarios. Tal vez esto haga referencia al tipo scutum itálico de forma rectangular con el que los pretorianos irían realmente a la batalla; y no con el escudo de forma ovalada con el que tienden a representarse.
Fig. 9: Relieve de armas de Villa Albani (s. II d.C.). Nótese el escudo situado a la derecha.
Otra prueba de la presencia de escudos rectangulares durante la dinastía Antonina es el relieve de armas de Villa Albani, datado en el s. II d.C. (Fig. 9). En el extremo derecho de la representación se expone un escudo convexo o semicilíndrico con tres escorpiones de decoración, típicos de la guardia imperial.
Fig. 10: Tribuno, centurión y guardia pretorianos en campaña durante la Primera Guerra Dacia (101 – 102 d.C.). Nótese la lorica squamata del centurión, así como la decoración de los escudos rectangulares. El tribuno pretoriano lleva unos calceii, propios de oficiales superiores. Tanto el centurión como el guardia usan cascos de tipo «itálico imperial».Fig. 11: Relieve hallado en Pozzuoli (s. II d.C.).
En la reconstrucción de la figura 10, los escudos rectangulares con bordes superior e inferior rectos y laterales curvados están basados en un relieve del desparecido arco de Trajano de Puteoli, actual Pozzuoli (RANKOV 2009: 62) (Fig. 11), donde aparece un escudo decorado con un escorpión y motivos florales.
No obstante, hacia la segunda mitad del s. II d.C. comienza a imponerse en las legiones el escudo oval (plano o con curvaturas). Es bastante probable que lo mismo haya pasado en la guardia pretoriana, basándonos en la evidencia que nos muestra la base de la Columna de Antonino Pío (ver Fig. 6) y la Columna Aureliana (ver Fig. 7). Este modelo ovalado pervivirá hasta finales del s. III d.C. (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 92).
Armas para el combate cuerpo a cuerpo
La guardia imperial continuará usando el gladius “Pompeya” durante casi todo el s. II d.C., pero a finales de siglo será sustituido por la spatha romana (ver Fig. 12), ya durante el reinado de Septimio Severo (193 – 211 d.C.); esta evolución es completamente paralela a la de la infantería legionaria (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 107).
Fig. 12: Dibujo de un gladius tipo «Pompeya» (izquierda) y una spatha (derecha).
Armas para el combate a larga distancia
El pilum que hemos visto en las dos anteriores entradas convivió a partir de comienzos del s. II d.C. con la lancea tanto en legionarios como pretorianos. La lancea era una jabalina ligera menos pesada y con una punta (en forma de hoja) menos alargada que el pilum, aumentando su alcance pero reduciendo su capacidad de penetración. A veces contaban con un propulsor de tiras de cuero: el amentum. Sin embargo, y a diferencia de la infantería legionaria, la guardia pretoriana combinará el uso de la lacea y del pilum hasta bien entrado el s. III d.C.; este uso tardío del pilum es una muestra más del carácter arcaizante de esta unidad de élite (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 105).
Para finalizar este bloque temático sobre la guardia imperial pretoriana, hemos de decir que se trata de un cuerpo del ejército romano muy característico: no solo debido a su carácter arcaizante en comparación con otras unidades, sino también a causa de la enorme evolución que experimentó a lo largo de las tres dinastías imperiales abarcadas.
ROMA VICTRIX
Bibliografía de referencia:
MENÉNDEZ ARGÜÍN, A. R. (2006): Pretorianos: La Guardia Imperial de la Antigua Roma, Almena, Madrid.
RANKOV, B. (2009): La guardia pretoriana, Osprey Publishing, Barcelona.
SUMNER, G. (2002): Roman Military Clothing (1), 100 BC-AD 200, Osprey Publishing, Oxford.
SETTIS, S., LA REGINA, A., AGOSTI, G. & FARINELLA, V. (1988): La Colonna Traiana, Einaudi, Torino.
En la anterior entrada, hablamos de la indumentaria y armamento de la guardia pretoriana desde su comienzo hasta aproximadamente el final de la dinastía Julio-Claudia (68 d.C.). En esta entrada observaremos como los pretorianos siguen evolucionando, fundamentalmente en cuanto a armamento, durante la segunda mitad del s. I d.C. y hasta el final de la dinastía Flavia con el emperador Domiciano (95 d.C.).
Para continuar hablando sobre los aspectos cambiantes de la guardia durante este periodo de tiempo, utilizaremos un elemento fundamental, en lo que a relieves escultóricos se refiere, como referencia: los relieves de la Cancillería (Cancellaria) de época Flavia (ver Fig. 1) que se conservan hoy en día en el Museo Vaticano. Estos relieves fueron encontrados bajo el Palacio de la Cancillería (Roma), probablemente formando parte de la decoración de un monumento público de la época de Domiciano (81 – 96 d.C.). Una sección del relieve muestra a unos pretorianos, concretamente tres pretorianos y un portaestandarte, acompañando al emperador Domiciano, probablemente tras su victorioso regreso de una campaña en Germania en el año 83 d.C.
Fig. 1: Sección del relieve de la Cancillería (Museo Vaticano, Roma).
Vestimenta
En el aspecto de indumentaria no existe una gran variación con respecto a los comienzos del s. I d.C.: la túnica seguía siendo la prenda básica de las cohortes pretorianas. Sin embargo, la paenula, que ya habíamos comentado en la entrada anterior, fue sustituida progresivamente desde finales del s. I d.C. por el sagum o capote militar (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 84). Esta prenda era una pieza de tejido rectangular que se sujetaba mediante una fibula sobre el hombro derecho; su origen se hallaba en la Galia. En el relieve de la Cancillería, los pretorianos siguen portando la paenula (ver Fig. 1), por lo que podemos deducir que este cambio de prenda comenzaría a darse posteriormente al año 83 d.C. En cuanto al calzado, sabemos que la caliga no se abandona hasta finales del s. I d.C., como podemos observar igualmente en el relieve. Además, en este caso los pretorianos llevan calcetines sin talón ni puntera (ver Fig. 2), seguramente como medida de protección ante el frío de las tierras germanas.
Fig. 2: Detalle del pie de un pretoriano del relive de la Cancillería. El guardia usa un calcetín sin puntera ni talón para protegerse del frío propio de las provincias del norte del Imperio.
Otro detalle para destacar en la Cancillería es el apron (ver Fig. 5): objeto colocado en la ingle a modo de delantal y basado en unas tiras de cuero tachonadas con pequeños discos de metal recubriéndolas; parece ser que este elemento estaba relacionado con la distinción de las diversas unidades pretorianas o bien con el prestigio obtenido por una unidad determinada, extendiéndose su uso a lo largo del s. I d.C. (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 88).
Casco
Durante la época Flavia, y a pesar de que los relieves de la Cancillería no nos ayuden en este aspecto, los pretorianos seguirían usando probablemente el tipo «Coolus Haguenau», descrito en la anterior entrada.
Fig. 3: Reconstrucción de un casco tipo Weisenau «gálico imperial».
No obstante, este modelo de casco caería en desuso hacia finales del s. I d.C., dando paso al nuevo tipo de yelmo: el Weisenau “gálico imperial” (Fig. 3). Este estaba fabricado en hierro y en un sola pieza con cubrenuca. Por la parte frontal estaba masivamente reforzado, al igual que el tipo Haguenau, pero este modelo se seguiría usando hasta bien entrado el s. III d.C. (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 95). Por otro lado, es posible que los cascos de tipo “itálico imperial”, elaborados en Italia, fueran también usados por la guardia imperial durante las décadas finales del s. I d.C. Nos detendremos en este tipo de casco en la próxima entrada, ya que es más característico del s. II.
Coraza
Fig. 4: Dibujo de una lorica segmentata.
La armadura de la guardia pretoriana evoluciona al igual que lo hace la del legionario. La lorica segmentata (Fig. 4), armadura que probablemente usaría la guardia hacia esta época, aparece ya desde la primera mitad del s. I d.C., pero no desplazará a la lorica hamata o cota de malla hasta la segunda mitad de dicho siglo aproximadamente, debido al carácter más arcaizante típico del equipamiento de las cohortes pretorianas con respecto al resto del ejército (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 100). La lorica segmentata estaba formada por una serie de placas de metal rígido curvadas e individuales unidas entre sí mediante tiras de cuero interiores con el objetivo de mantenerlas firmes para la protección del soldado desde la cintura, cubriendo también los hombros, hasta el cuello. Para más información acerca de esta armadura, dedicaremos una entrada específica a explicar su estructura, sus ventajas y sus inconvenientes.
Fig. 5: Optio (izquierda), suboficial pretoriano, junto a dos guardias pretorianos (segunda mitad del s. I d.C.). Los tres utilizan la lorica segmentata, cascos modelo «gálico imperial», scutum rectangular semicilíndrico con las esquinas recortadas, gladii «Pompeya» y pila. Nótese el apron visible a la altura de la cintura tanto del optio como del guardia central, así como los calcetines sin puntera ni talón.
Escudo
Los escudos de los pretorianos están claramente representados en el relieve de la Cancillería (ver Fig. 1). Su forma es oval y están decorados con el motivo del rayo alado, combinado con lunas y estrellas, que parece ser característico de la guardia pretoriana, al igual que el escorpión (Fig. 6).
Fig. 6: Recreación del scutum del relieve de la Cancillería.
Los emblemas en los escudos de esta época son muy ricos y variados a diferencia los colores, que no son conocidos (RANKOV 2009: 53). Sin embargo, la representación de estos escudos posee un carácter claramente arcaizante, mostrándonos el típico scutum republicano ovalado.
Así, volveríamos a entrar en el debate presentado en la anterior entrada. Para resumir, no es seguro que estos escudos ovalados siguieran siendo utilizados a finales del s. I d.C., sobre todo durante la batalla, pero los relieves nos los muestran continuamente. Sería más lógico pensar que para la guerra, los pretorianos habrían utilizado una panoplia similar a los legionarios de esta época, lo que incluye el uso de un scutum itálico rectangular semicilíndrico (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 101) (ver Fig. 5). Sin embargo, no podemos estar completamente seguros en este aspecto del equipamiento pretoriano.
Armas para el combate cuerpo a cuerpo
El modelo de gladius pompeii o tipo “Pompeya” fue utilizado por los pretorianos a partir de la segunda mitad del s. I d.C. Al igual que el gladio tipo “Mainz”, el pompeyano va a medir unos 80 cm en total y entra dentro del conjunto de espadas cortas empleada para estoque. No obstante, este último modelo evolucionará hacia unos fuertes filos rectos y una punta más corta que lo que veíamos en el “Mainz” (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 106) (ver Fig. 7). El pugio o daga permanecería durante esta etapa exclusivamente en el equipamiento del pretoriano: mientras que entre los legionarios de finales del s. I d.C. fue desapareciendo de los cinturones, la guardia pretoriana mantuvo este elemento como un nuevo motivo arcaizante que la caracterizaba.
Fig. 8: Detalle de los pila del relieve de la Cancillería.Fig. 7: Dibujo de un gladius «Mainz» (izquierda) y un gladius «Pompeya» (derecha).
Armas para el combate a larga distancia
En el relieve de la Cancillería vemos de forma muy clara los pila representados (ver Fig. 1). Destaca el peso adicional que lleva la punta del arma: una esfera de plomo decorada con águilas en bajorrelieve (Fig. 8). La colocación de una bola de plomo como sobrepeso entre el comienzo de la punta y el final del asta de madera era algo bastante habitual, con la clara intención de aumentar su capacidad de penetración a través de la defensa enemiga.
Fig. 9: Suboficial (izquierda) y guardia pretoriano (derecha) en campaña durante el reinado de Domiciano (81 – 96 d.C.). Nótese el gladius pompeii del suboficial, así como el peso del pilum del guardia.
Para concluir, el equipamiento de la guardia pretoriana ha variado en ciertos aspectos con respecto a lo que veíamos durante la primera mitad del s. I d.C.; esto nos da una idea de la inmensa variabilidad que existirá a lo largo de todo el Imperio. Aún así, no difiere prácticamente del equipo de los legionarios, salvo por el carácter arcaizante previamente comentado. En la próxima entrada llegaremos a finales del s. II d.C. revisando de nuevo a los pretorianos durante la dinastía Antonina (96 – 192 d.C.).
ROMA VICTRIX
Bibliografía de referencia:
MENÉNDEZ ARGÜÍN, A. R. (2006): Pretorianos: La Guardia Imperial de la Antigua Roma, Almena, Madrid.
RANKOV, B. (2009): La guardia pretoriana, Osprey Publishing, Barcelona.
A causa de la amplitud del siguiente tema, hemos decidido dedicar tres entradas al equipamiento de la guardia pretoriana dividiéndolo entre las dinastías Julio-Claudia (27 a.C. – 68 d.C.), Flavia (69 – 95 d.C.) y Antonina (96 – 192 d.C.) y tratando de describir su evolución aproximada durante los siglos I y II d.C.
AVE
En esta entrada hablaremos de la famosa guardia pretoriana, cuerpo que constituía la primera línea de defensa del emperador, y, aunque no se pueda hablar de un “uniforme” concreto de esta unidad, trataremos de describir brevemente las principales características en cuanto al equipamiento (indumentaria y armamento) de la infantería pretoriana durante la dinastía Julio-Claudia (27 a.C. – 68 d.C.), es decir, desde su época de creación hasta mitades del s. I d.C.
Las cohortes pretorianas fueron creadas por Augusto (27 a.C. – 14 d.C.), el primer emperador romano. A mediados del s. I a.C., durante la Guerra Civil entre Octaviano y Marco Antonio, ambos triunviros ya tenían unos 8000 soldados veteranos encargados de su protección personal que formaban en cohortes. Tras alcanzar la victoria, Octaviano unificó toda la guardia pretoriana y formó una guardia permanente, con una duración de servicio de 12 años (13 a.C.). No obstante, será en el año 23 d.C., bajo el reinado de Tiberio (14 – 37 d.C.), cuando se construya el castra praetoria o campamento pretoriano dentro de las murallas de Roma, convirtiéndose el emperador Tiberio en su segundo fundador. En su honor, la guardia pretoriana adoptará su signo zodiacal, el escorpión (scorpio), como emblema.
Esta unidad aparece reflejada en diversos relieves, aunque la información que nos transmiten estos para el principio de la historia de los pretorianos, es decir, durante los primeros años del Imperio, es escasa. Uno de los relieves más característicos que representa a esta unidad hacia mitades del s. I d.C. es el relieve de los pretorianos del Museo del Louvre (París) (Fig. 1), que se cree que formó parte del arco que Claudio mandó a construir en el 51 d.C. para conmemorar la conquista de Britania. En el relieve podemos observar un grupo de seis pretorianos, de los cuales uno es un portaestandarte. Intentaremos contrastar lo que nos muestra este relieve con el registro arqueológico que disponemos para esta época concreta y, de este modo, hacernos una idea de esta incipiente guardia pretoriana.
Fig. 1: Relieve de los pretorianos del Museo del Louvre (París).
Vestimenta
La vestimenta básica durante todo el s. I d.C. era la túnica (tunica) (ver Fig. 2), sin mucha diferenciación de la prenda civil, que solía ser de lino o lana, bien sin mangas o con mangas cortas y con un cuello suficientemente grande como para permitir dejar un hombro al descubierto.
Fig. 2: Guardias pretorianos fuera de servicio (s. I d.C.). Visten túnicas blancas y cinturones militares. Como calzado llevan puestas unas caligae. Nótese la paenula que porta el individuo de la derecha.
Un hecho importante de esta prenda es que en la legión variaba de color según el contexto en el que se hallase la unidad. Las túnicas eran generalmente de color blanco crudo (propio de la lana sin teñir), aunque algunas pruebas indican que la túnica roja se usaba expresamente en el campo de batalla a modo de distinción durante el fragor de la lucha; se trataba de la “túnica militar” propiamente dicha (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 81). La túnica blanca, por tanto, habría sido utilizada para el resto de tareas alejadas del campo de batalla (p. ej. tareas castrenses). Es bastante probable que este esquema se haya repetido en la guardia pretoriana, pero la mayor parte de la evidencia nos indica que vestían habitualmente de blanco. En general los pretorianos, a causa de sus condiciones de servicio en diversos contextos (p. ej. en Palacio, en campaña, etc.) dispondrían de varias túnicas para cumplir las exigencias de su labor (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 82). La parte del cuello de la túnica se sujetaba por medio de un broche o fibula. En general, cuando estaban fuera de servicio, el aspecto de los pretorianos no difería prácticamente del de los civiles.
Bajo la túnica parece ser que se llevaba una especie de ropa interior denominada subligaculum, similar a la que lucían los gladiadores. Para evitar rozaduras con la cota de malla y evitar el deterioro de la túnica, vestían el thoracomachus, prenda que se situaba entre estas. Asimismo se usaba una bufanda o falcum para proteger el cuello de las rozaduras. Al pertenecer al ejército, los pretorianos se reconocían por sus cinturones militares (balteus o cingulum militae) y por su calzado, sandalias con tachuelas (caligae). Los cinturones, que solían ser dos cruzados para poder llevar consigo espada y daga, se ajustaban mediante hebillas de bronce. Además, usaban la paenula en caso de mal tiempo; esto era una especie de manto de lana gruesa con capucha y de color amarillento (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006) (ver Fig. 2).
Casco
En el relieve del Louvre, los pretorianos aparecen representados con cascos del tipo “ático”, con una cresta frondosa, y con escudos ovales.
Fig. 3: Detalle de los cascos áticos de los pretorianos del relieve del Louvre.
Este tipo de casco, que tanto se ha usado para representar al soldado romano, resulta muy controvertido debido a su práctica inexistencia en el registro arqueológico. Probablemente, se usó más bien como herramienta o motivo del lenguaje visual del arte griego a la hora de decorar los monumentos públicos romanos o bien podía ser utilizado por la guardia imperial como uniforme de parada (RANKOV 2009: 27). Al tiempo de la creación de la unidad, los pretorianos usarían probablemente el casco Montefortino de bronce o bien un modelo más tardío como el tipo Coolus Buggenum; ambos son característicos del periodo republicano y de comienzos del Imperio (ss. VI a.C. – I d.C.), usado igualmente por las legiones. El tipo Montefortino (Fig. 4), sujeto mediante correas atadas debajo de la barbilla y que se ajustan a las carrilleras a través de unos ganchos, poseía normalmente un penacho que variaba su color según el rango dentro de la unidad.
Fig. 5: Reconstrucción de un casco tipo «Coolus» (Haguenau).Fig. 4: Reconstrucción de un casco Montefortino.
No obstante, es posible que la guardia no tardara en utilizar el nuevo modelo de casco para el primer tercio del s. I d.C., el tipo «Coolus» Haguenau (Fig. 5). Este estaba fabricado en un sola pieza y poseía un amplio cubrenuca y un refuerzo frontal; las carrilleras de este casco en forma de grandes placas se proyectaban hacia delante contribuyendo a una buena protección de la cara del soldado.
Coraza
En el relieve del Louvre podemos observar como dos pretorianos (los que miran hacia su izquierda en primer plano), el tribuno y el oficial (probablemente centurión), llevan una coraza musculada (lorica thorax) (ver Fig. 1), característica de oficiales y de tradición griega. Se aprecia perfectamente como la musculatura está bastante desarrollada. Además, la coraza del tribuno pretoriano del centro del relieve está decorada con un “gorgoneion”, lo que nos demuestra su alto rango.
Durante la batalla, los guardias pretorianos usarían, en general, una cota de malla de hierro (lorica hamata) (ver Fig. 6) como protección básica, a pesar de que en este relieve los pretorianos no oficiales no posean ningún tipo de coraza a la vista; probablemente debido a su representación de carácter ceremonial.
Fig. 6: Centurión pretoriano (a la izquierda) con dos guardias (finales del s. I a.C.). Están equipados con lorica hamata, scutum ovalado republicano, casco Montefortino, gladius, pugio y pilum.
La cota de malla, usada hasta bien entrado el s. I d.C., estaba fabricada a través de la unión de pequeños anillos de metal y protegía al usuario desde la parte superior del tronco hasta los muslos. Eran muy pesadas (8 – 14 kg) y todo este peso era cargado por los hombros y, a veces, por un cinturón que sujetaba igualmente la cota a la altura de las caderas. La lorica hamata estaba pensada para parar los golpes de filo de cualquier arma, para lo que ofrecía una buena protección, pero ante los golpes de punta o proyectiles ligeros la protección era muchas veces insuficiente (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 99).
Escudo
En cuanto al escudo, cabe decir que durante sus primeros momentos, la guardia usó probablemente el scutum republicano de forma ovalada (ver Fig. 7), similar al de la infantería legionaria del momento y recordando en una primera etapa a las antiguas legiones republicanas.
Fig. 7: Sección del altar de Domicio Ahenobarbo de Roma (Museo del Louvre, París). Se trata de legionarios de época republicana (ss. II – I a.C.) con escudos ovales.
Este tipo de escudo lo podemos observar en los pretorianos del relieve del Louvre (ver Fig. 1). Estaba hecho de madera y forrado de fieltro; los bordes eran de bronce para la mayor protección de las partes externas.
Fig. 8: Sestercio de época del emperador Calígula (40 – 41 d.C.). Se pueden presenciar los escudos rectangulares que portan los pretorianos. Uno de ellos está decorado con un escorpión.
No obstante, hacia la mitad del s. I d.C., es posible que el escudo pasara a ser de forma rectangular semicilíndrica, modelo que evolucionó desde época tiberiana y que fue adoptado por la infantería legionaria. Los relieves de los que disponemos nos insisten en que el escudo ovalado fue parte del equipamiento de los pretorianos durante todo el s. I d.C. La pregunta que habría que hacerse es si tal vez la guardia imperial poseía un escudo específico para hacerse representar escultóricamente, mientras que para la batalla usara otro distinto y más parecido a los de las legiones (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006: 92). En cualquier caso, estarían decorados numerosas veces con escorpiones, el símbolo de identidad de la guardia imperial (ver Fig. 8).
Armas para el combate cuerpo a cuerpo
La espada del momento es el gladius del tipo “Mainz” (ver Fig. 9) de hoja puntiaguda, con el pomo y la empuñadura de madera. Este gladius se caracteriza por poseer una hoja de punta larga y filos no paralelos, oscilando su longitud entre 40 y 55 cm. El arma en total mediría unos 80 cm (MENÉNDEZ ARGÜÍN 2006:106). Los guardias pretorianos portaban el gladius en el lado derecho, mientras que los centuriones lo llevaban en el lado izquierdo. Este hecho lo podemos observar en el relieve del Louvre (ver Fig. 1), donde el segundo pretoriano de la derecha porta dicha espada en su costado derecho. Su vaina posee un armazón de bronce y está decorada en bajorrelieve sobre un forro de madera que se recubre con cuero. Esta decoración de la vaina solo se hallaba en los gladii pertenecientes a las tropas pretorianas, posiblemente debido a su mayor sueldo y acceso a los mejores artesanos hallados en Roma. Además de la espada, podían llevar una daga o pugio como segunda arma de corta distancia al otro lado del cinturón, la cual se usaba ya desde época republicana.
Fig. 9: Pretorianos en campaña (principios del s. I d.C.). Nótese que ambos portan gladii del tipo «Mainz». El oficial (derecha) lo lleva a la izquierda, mientras que el guardia (izquierda) lo tiene en la derecha. Además, el guardia pretoriano sostiene un pilum con su mano derecha.
Armas para el combate a larga distancia
El pilum (ver Fig. 9), para distancias largas, era la jabalina que formaba parte del equipo de los pretorianos al igual que ocurría con la infantería legionaria. Se caracteriza por su larga punta de hierro, diseñada para absorber el impacto y alcanzar a su objetivo a pesar de la presencia de un escudo de por medio, encajada en un asta de madera que llegaba a medir en total unos 2 m. Este tipo de arma arrojadiza será utilizada por la guardia pretoriana hasta el s. III d.C.
A modo de conclusión, podemos ver como el equipamiento de la guardia pretoriana durante la dinastía Julio-Claudia, que se extiende hasta mitades del s. I d.C., no varía considerablemente con respecto a los de la infantería legionaria. En la siguiente entrada, veremos como esto evoluciona hacia la segunda mitad del s. I d.C. durante la dinastía Flavia (69 – 95 d.C.).
ROMA VICTRIX
Bibliografía de referencia:
MENÉNDEZ ARGÜÍN, A. R. (2006): Pretorianos: La Guardia Imperial de la Antigua Roma, Almena, Madrid.
RANKOV, B. (2009): La guardia pretoriana, Osprey Publishing, Barcelona.
La siguiente entrada corresponde a la 2ª parte del tema “Los relieves militares en época de El Dominado”; en ella pretendo seguir demostrado a los lectores/as cómo a partir de los relieves militares y su combinación con otras fuentes, arqueológicas, numismáticas, iconográficas etc., podemos reconstruir el ejército romano de la época de El Dominado. Si quiere volver a la primera parte de la entrada pinche aquí.
LOS RELIEVES MILITARES EN ÉPOCA DE EL DOMINADO. PARTE II:
En primer lugar, los relieves militares romanos de El Dominado, al igual que los de otros períodos, nos ayudan a hacernos una idea de las tácticas y costumbres de esta época tan convulsa para la historia de Roma, que supondrá el fin del Imperio Romano de Occidente en el año 476 d.C, y de Europa. Una de las tácticas de combate más empleadas por la infantería romana en época de El Dominado fue el llamado fulcum, más conocido actualmente como “muro de escudos” y cuya representación más conocida de época medieval es la que aparece en el Tapiz de Bayeux, siglo XI, (Fig. 1) que conmemora la vitoria en la batalla de Hastings por parte de los normados. La formación en fulcum consistía básicamente en un muro de escudos de infantería, la cual formaba en varias filas de profundidad (a más filas más efectiva era la formación y la defensa) y mientras las primeras filas, delanteras, aguantaban la lluvia de proyectiles y la envestida de la infantería o la caballería enemiga gracias a sus lanzas y escudos, las filas traseras lanzaban todo tipo de proyectiles, como el spiculumo la plumbata(Fig. 2 y 3), con el fin de poder parar la carga y aniquilar o herir a tantos atacantes como fuera posible (MacDowall 1994) como se representa en las siguientes reconstrucciones históricas (Fig. 4 y 5). Personalmente, he querido ver esta característica formación tan definitoria del ejército tardorromano en uno de los relieves del Arco de Constantino I en Roma (Fig. 6), 315 d.C, donde se representa el ataque a una fortificación por parte de una unidad de auxilia palatina(Goldsworthy 2011: 213), posiblemente se trate de los cornuti seniores debido a la decoración de sus cascos. El relieve cumple con la mayoría de los aspectos anteriormente descritos: sobre todo, la representación de una formación cerrada y en profundidad en la que los infantes superponen los escudos y lanzas mientras que los soldados del fondo y de las líneas traseras se preparan para descargar sus dardos sobre la fortificación enemiga.
El relieve, además, nos muestra que esta formación, el fulcum, podía ser empleada durante los asaltos a fortificaciones, manteniendo seguros a los infantes de la lluvia de proyectiles tras la cortina de escudos hasta llegar a las brechas o murallas; es importante señalar que la poliorcética del ejército romano de El Dominado no llega a los niveles que vimos durante El Principado (Bishop et alii. 2006) cuando tenemos representadas algunas máquinas de asedio en la Columna de Trajano; mientras que durante El Dominado el número de representaciones de balistas y otros ingeniael totalmente nulo. Pero, al fin y al cabo, lo que nos está mostrando el fulcum del Arco de Constantino I es un cambio en las tácticas de combate en el ejército romano del siglo IV d.C, especialmente en la infantería, cuyo papel es ahora eminentemente defensivo. Al mismo tiempo, el empleo del fulcum y la desaparición de otras formaciones como la testudo podrían estar indicándonos una creciente «barbarización» del ejército; tenemos documentado que los germanos empleaban formaciones similares al fulcum que combinada con el choque de los escudos y un grito llamado barituspretendía atemorizar y debilitar la moral de los atacantes, todo ello fue adoptado por la infantería romana de El Dominado (MacDowall 1994).
De entre todos los relieves romanos, son los de El Dominado los que sobresalen como medio de representación de las costumbres y relaciones clientelares del momento. Entre todas las estelas, que ya habíamos tratado en la 1ª parte, destaca el relieve de la estela del noble desconocido de Gramzigrad (Fig. 7), siglo IV d.C. Él relieve de esta estela destaca particularmente gracias al destacado personaje que acompaña al noble a caballo -lo que ya nos indica la posición superior en la jerarquía del individuo noble, a caballo, y la de sumisión del infante, a pie-. Se trata de un soldado de infantería fuertemente armado con escudo oval, una gran lanza, casco con cresta y fíbula de ballesta sosteniendo su capa o sagum. Es posible que el relieve esté representando a un noble con su comitatuso buccelariuso guardaespaldas. Los buccelarii, nombre que significa «comedores de galletas», eran la guardia armada de las principales élites y mandos militares de la tardoantigüedad, florecieron especialmente a partir de fines del siglo IV d.C y comienzos del siglo V d.C. Se trataba de séquitos de mercenarios reunidos bajo el mando de un personaje poderoso que les procuraba salario y equipo (Fig.8), como el que se representa en el relieve. Los sequitos de bucelarios podían variar desde los más numerosos, como en los casos de generales romanos, que ocupaban el cargo de magister militum, de Aecio o Estilicón con sus propias guardias personales germanas o hunas, a los más reducidos en caso de los señores provinciales (MacDowall 1994). Posiblemente el individuo de Gramzigrad represente a las élites locales o provinciales que sólo podían permitirse un limitado número de bucelarios.
Respecto al atuendo; es de destacar que los relieves nos reflejan claramente como el «gorro panonio» en el mundo tardorromano terminó siendo uno de los elementos más definidores de las jerarquías civiles y militares de este momento. Este tipo de gorro comienza a ser representado a partir del siglo III d.C con el incremento de las unidades dálmatas en las legiones y la promoción de ciertos líderes militares y emperadores, como el mismo emperador Diocleciano. Será en el siglo IV d.C cuando el gorro panonio se convierta en una moda entre toda la aristocracia romana bajoimperial motivada por la mezcolanza del mundo civil y militar (Goldsworthy 2006) debido al incremento del número de efectivos del ejército con las reformas de Diocleciano (López et alii. 2004), el aumento de los conflictos internos como sublevaciones y usurpaciones, y los contactos entre los ejércitos de campaña móviles, comitatensis, y las poblaciones. Es precisamente esta difusión del gorro panonio y su relación con el mundo de la milicia la que se representa en las estelas de personajes como el personaje de identidad desconocida de Gramzigrad (Fig. 9) y Flavius Augustalis de Aquilea (Fig. 10), el mosaico de «La Gran Cacería» (Fi. 25), y en los Tetrarcas de San Marcos (Fig. 11), todos ellos, entre los que está el propio Diocleciano, con gorro panonio indicando su pertenencia a la jerarquía militar, lo que se ve reforzado por sus ricas spathaeya comentadas en anteriores entradas.
En referencia a los cascos, las representaciones no son muy numerosas y las más exactas no provienen de los relieves sino de monedas y grabados como el protector de Aquileia (Fig. 12). El bucelario de la estela de Gramzigrad (Fig. 13) o la estela de Lepontius de Estrasburgo (Fig. 14) representan yelmos del tipo Ridge Helmet, cascos con cresta de tamaño variable, de los siglos IV y V d.C. El infante del relieve de Gramzigrad posee uno de estos cascos con cresta característicos de El Dominado cuya calota era construida a base dos o cuatro piezas unidas con carrilleras y guardanuca elaboradas en diferentes piezas y unidas mediante a cinchas a la calota (Bishop et alii 2006: 220). El casco representado se asemeja a los ejemplares hallados en Burgh Castle y Concesti (Fig. 15 y 16). Por otra parte, el casco de estela de Lepontius puede representar de forma esquemática dos tipos de casco al mismo tiempo: Por un lado el de tipo Intercisa, llamado así por el yacimiento itálico donde se hallaron (Fig. 17), y que vemos representado en soldado de Vía María (Fig. 18) o en los soldados del missoriumde Valentiniano I (Fig. 19), mediados del siglo IV d.C, con crestas muy marcadas que debían de hacer a los soldados más imponentes (Ureche 2014: 4). Por otra parte, la cresta podría representar a un casco de tipo Berkasovo I/II similar al representado en una de las monedas de Constantino I (Fig. 20) (Bishop et alii 2006: 223-225) y en la necrópolis de Berkasovo (Fig. 21), siglo IV y V d.C.
Sobre la armadura; por lo general, todas las estelas mencionadas anteriormente: Gramzigrad, Estrasburgo, Aquileia y Aquilea o la Columna de Teodosio nos muestran un panorama acorde con el que Vegecio menciona en su «Epitoma rei militaris«. Según Vegecio la armadura parece haber sido menos empleada, o casi totalmente desechada por los soldados, durante el siglo IV d.C; de hecho, solo la escena del fulcumdel Arco de Constantino I muestra corazas musculadas, aunque bien puede responder a un estilismo. Es cierto que algunos romanos seguían las costumbres bárbaras y empleaba poca o ninguna armadura o protección corporal, lo que les hacía más vulnerables a los ataques con flechas, y a las heridas en general, aunque les aportaba más movilidad requerida en el combate individual con espada larga (Fergurson 1998: 9). Sin embargo, no podemos basarnos únicamente en los relieves para reconstruir la panoplia defensiva del soldado de El Dominado, dado que tenemos pruebas arqueológicas del empleo de la cota de malla aunque no sin un uso tan extendido como en los tiempos del principado (James 1988: 245). Existen ejemplos de lorica hamataen un enterramiento del siglo IV d.C en Tréveris, y una lorica squamata, coraza de escamas principalmente de bronce, en el sitio de Weiler-la-Tour de comienzos del siglo V d.C (Bishop et alii 2006: 218). Al mismo tiempo, la copia medieval de la Notitia Dignitatum, siglos IV y V d.C, representa en algunas de sus páginas elementos producidos por las fabricae entre los que se incluyen manicae, para la protección de brazos y piernas, cotas de malla y corazas rígidas (Fig. 22).
Para finalizar, sólo he de mencionar que todas las estelas antes mencionadas, además de los dípticos de Estilicón (Fig. 23) y Aecio (Fig. 24), el mosaico de “La Gran Cacería” (Fig.25) y los relieves del Arco de Constantino (Fig. 6) representan a soldados y personajes de la élite con capa y pantalones, comunes entre las tropas romanas a partir del siglo III d.C. Los pantalones provienen de contextos germánicos y escitas, su aparición en los relieves en los que son vestidos por los soldados (Figs. 6,7 y 10) nos indica una fuerte influencia de los pueblos germánicos. Por otro lado en los relieves en los que se representa a miembros de la jerarquía pantalones y capa (Figs. 7,10 y 23) estarían asociados con la monta de caballos, símbolo de nobleza (Möller-Wiering 2012: 113). De estos tipos de ropas representadas se hallaron en Thorsberg, siglo III d.C, una capa (Fig. 26), realizada a base de lana y de colores rojos, azules y púrpuras; y unos pantalones (Fig. 27) ajustados para montar a caballo que permiten acercarnos más a la apariencia y composición a la vestimenta de época de El Dominado.
En conclusión, gracias a esta pequeña, aunque significativa, serie de relieves he pretendido, no sólo llevar el mundo tardorromano a los más legos, sino demostrar a los lectores y lectoras como mediante la información de los relieves mencionados, minios en comparación con el número de representaciones de otros momentos del imperio romano, podemos reconstruir desde el hábitos en el vestir (fíbulas y pantalones), modas (gorro panonio) y relaciones clientelares (bucelarios) hasta tipos de armamento (scutum oval o spathae) y tácticas de combate (fulcum) que nos dan una imagen mucho más completa de la época de El Dominado, siglo IV y V d.C. Todo ello gracias a la combinación de estos relieves con fuentes escrita, arqueológicas e iconográficas, lo que subraya la importancia de la interdisciplinariedad y colaboración entre distintas áreas de estudio.
ROMA VICTRIX !
Bibliografía:
BISHOP, M.C y COULSTON J.C.N. 2006. Equipamiento militar romano. De las guerras púnicas a la caída de Roma. Madrid.
FERGUSON, R. James. 1998. “The Division and fall of the Roman Empire”. Journey to the West: Essays in History, Politics and Culture. Pp. 1-18.
GOLDSWORTHY, Adrian. 2011. The Complete Roman Army. Thames & Hudson.
GOLDSWORTHY, Adrian. 2006. La caída del imperio romano: el ocaso de occidente.
JAMES, S. 1988. “The fabricae: state arms factories of the Later Roman Empire”. En COULSTON, J.C.N. (Ed.). Military Equipment and the Identity of Roman Soldiers. Proceedings of the Fourth Roman Military Equipment Conference (BAR S. 394). Pp. 257-331.
LÓPEZ, Pedro y LOMAS, Francisco Javier. 2004. Historia de Roma. Akal Textos.
MACDOWALL, S. 1994. The late roman infantryman. Osprey publishing. Serie 9.
MÖLLER-WIERING, Susan. 2012. “Warrior costumes in iron age weapon deposits”. En NOSCH. Marie-Louise (Ed.). Wearing the cloak. Dressing the soldier in Roman Times. Pp. 109-116.
URECHE, Petru. 2014. “The soldiers’ morale in the roman army”. Journal of Ancient History and Archeology 1(3).
A partir de las siguientes entradas, tengo como objetivo principal acercar a nuestros lectores el mundo militar de finales de época de «El Dominado«, tomando como referencia una serie de relieves que combinados con información arqueológica y escrita darán una imagen más nítida del mundo militar romano de los siglos IV y V d.C. El tema estará dividido en dos entradas, la primera será dedicada a la realización de una introducción breve al mundo militar de la época de El Dominado, las fíbulas de ballesta, el escudo, la spatha y la lanza. Mientras que la segunda entrada se empleará para tratar las tácticas, las ropas, los cascos y la armadura.
LOS RELIEVES MILITARES EN ÉPOCA DE EL DOMINADO. PARTE I:
En primer lugar, es necesario indicar que el término “Dominado” es una convención moderna que es empleada para abarcar el período de tiempo que abre el reinado del emperador Diocleciano (284-311 d.C) hasta la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 d.C (Fig.1). Se trata de un período que rompe con el anterior Principado y en el que el emperador ya es tratado más comúnmente como un dominus, término que da nombre al período y que resalta la condición del emperador como un primus inter pares fortalecida también por el cristianismo (Bishop et alii. 2006: 209; López et alii. 2004).
Respecto a las cuestiones militares, El Dominado es un momento con dificultades para financiar los ejércitos imperiales en comparación con el período anterior. El descenso de la movilidad de las tropas hace que se incrementen los ataques a través del limes, y el aumento de foederatigermanos, sármatas etc., da como resultado una mezcla cultural que combina el fuerte militarismo de estos pueblos «bárbaros» con la cultura romana en las fronteras y el propio seno del imperio (Ferguson 1998: 4-6). Sabemos por Amiano Marcelino que desde el siglo IV d.C y desde el reinado de Constantino I (312-337 d.C) se distinguió entre tropas de campaña móviles al mando del propio emperador, llamadas comitatenses, y tropas fronterizas o limitaneicuyos integrantes pasaron a formar grupos de campesinos-soldados poco efectivos a la hora de defender la frontera (Whitby 2007: 522). Es durante El Dominado, según nos indica la Notitia Dignitatum, cuando la cantidad de tropas dentro del imperio es mayor debido a las reformas de Diocleciano y de Constantino I, los numerosos conflictos internos, especialmente usurpaciones, y el traspaso continuo del limespor los germanos (Goldsworthy 2006), lo que da como resultado una fuerte militarización de la sociedad civil, debido a la cercanía con el mundo de la milicia, y el fenómeno de amurallamiento de las ciudades, entre otros muchos que no es momento de comentar aquí.
Conocemos a partir de los relieves que los elementos que caracterizan al militar romano durante El Dominado son: la presencia de escudos ovales, fíbulas de ballesta, lanzas, hachas, spathae, cascos tipo “Ridge helmet”, gorros panonios además de vestidos donde destacan la capa y pantalones de influencia exógena, normalmente considerada «bárbara».
Primero comentaré las fíbulas de ballesta (Fig. 2), éstas fueron introducidas en el siglo III d.C para sujetar las capas e inmediatamente se convirtieron en insignia asociada a los mandos militares y de la jerarquía administrativa (Deppert-Lippitz 2000: 39), como un medio de proyectar, demostrar y condensar en un objeto la riqueza y el poder del individuo. Los personajes de los relieves de las estelas del siglo IV d.C y V d.C como: Lepontius de Estrasburgo (Fig. 3), Flavius Augustalis de Aquilea (Fig. 4) y el caballero desconocido de Gramzigrad (Fig. 5) se caracterizan por llevar, uniendo ambos extremos de sus capas, fíbulas de ballesta que los identifican como militares reputados o miembros de la élite. Del mismo modo, el díptico de Estilicón de la catedral de Monza del 395 d.C (Fig. 6) representa al magister militum, mitad vándalo mitad romano (Parada 2011: 551), con una fíbula de ballesta similar a la del museo Bloomington (Fig. 7), de mediados del siglo V d.C, y que responde al tipo más alargado y con volutas en “C” por todo el pie, modelo que aparece también en los frescos de las catacumbas de San Gennaro (Fig. 8), Nápoles, siglo VI d.C (Deppert-Lippitz 2000: 55). El origen de estas fíbulas se remonta al siglo I d. C en Europa Central, desde allí, en el siglo II d.C y en el siglo III d.C se expandieron por medio de los pueblos “bárbaros” del limes reno-danubiano. Es a partir del siglo IV d.C cuando aparecen cruzando el limes algunos tipos como los Lauriacum, Gurina y Desana (Fig. 9, 10 y 11) siempre asociados, según autores como Milavec, a foederati germanos, como vándalos (lógico en el caso de Estilicón) y visigodos, y siendo su distribución desde Suecia, en yacimientos como Oland (Magnus 2004: 273), a los Alpes eslovenos, como la necrópolis de Lajhu in Kran, y algunas áreas de la Galia e Hispania (Milavec 2009: 234).
Los escudos: Otro de los elementos que más caracterizan al militar romano es el escudo, scutum, oval o redondeado casi siempre plano que vemos representado en las estelas de Lepontius (Fig. 12), Flavius Augustalis (Fig. 13) y Gramzigrad (Fig. 14), el díptico de Estilicón (Fig. 6) y los relieves de la Columna de Teodosio (Fig. 15) y el Arco de Constantino en Roma (Fig. 16). En los casos de Lepontius, los relieves de la base de la Columna teodosiana y el arco de Constantino se representan escudos planos con umbo redondeado de base plana, que también se encuentran en el mosaico de “La Gran Cazería” (Fig. 17), plaza Armerina, o en el díptico de Aecio, siglo V d.C. Por el contrario, el umbo de escudo oval del díptico de Estilicón es puntiagudo, similar a los ejemplares arqueológicos hallados en Nydam y asociados a pueblos germánicos (Fig. 18) (Bishop et alii. 2006: 227). Es de destacar la rica decoración escamada y el retrato de dos figuras antropomorfas del escudo de Estilicón que aparece reflejada de manera similar en escudos de la Notitia Dignitatum, siglos IV y V d.C, (Fig. 19). Estos símbolos, como cabezas u otras figuras, se empleaban, entre otros motivos, para diferenciar a unidades militares. En cualquier caso, la sustitución total del escudo cuadrado por el oval, a fines del siglo III d.C, se ha querido explicar como causa de la generalización del combate individual, y el uso de armas como las spathaey lancae, que requería mayor libertad de movimiento que la que podría aportar un escudo cuadrado en forma de teja como el de Dura Europos. El escudo oval era más característico de tropas de auxilia y caballería de El Principado y, sobre todo, de los bárbaros, lo que puede indicar la gran influencia de las regiones del limes reno-danubiano o bien la mayor importancia de la caballería (Scott 2013: 369).
Enlazando con el apartado anterior, he de destacar que los relieves representan bien el cambio del armamento ofensivo del legionario, nada que ver con el de comienzos del Principado. La adaptación a nuevas maneras de combate que tenían como protagonistas a la caballería o los combates singulares, o bien la influencia de los pueblos germanos, persas etc., hizo que el uso de lanzas de gran tamaño floreciera como vemos en los relieves de las estelas de Lepontius, Gramzigrad, en la imagen del soldado de Vía María (Fig. 20) y que es muy similar a la del soldado de la catacumba de la Vía Latina de Roma (Fig. 21). Arqueológicamente podemos demostrar el aumento de la importancia de las armas largas sobre astil en la gran cantidad de puntas halladas en las Gran Bretaña o Nydam, datadas en los siglos IV y V d.C (Fig. 22). Es de destacar, que la popularización de la lanza llegó a ser tal que se asocia con los personajes de la alta jerarquía militar tardorromana, apareciendo en los dípticos de Estilicón y Aecio (Fig. 6 y 23) (Atanasov 2014: 9).
La spatha, es otro de los elementos más significativos que identificaban al militar tardorromano y que además actuaban como símbolos de la riqueza y prestigio de sus portadores. Tenemos ejemplos de representaciones del siglo IV d.C, como la spatha de Lepontius (Fig. 3), que se caracteriza por una gran funda rectangular, similar a las representadas en las esculturas de los cuatro Tetrarcas de Venecia (Fig. 24), y a una empuñadura de gran tamaño como la del ejemplar hallado en Colonia (Fig. 25), siglo IV d.C. Por otro lado es de destacar que la del díptico de Estilicón de la catedral de Monza es particular pues tiene los extremos del puente abocinados (Bishop et alii. 2006: 213) y una empuñadura con un pomo ricamente decorado con su parte superior en forma de torre (Fig. 6), lo indica la importancia y poder adquisitivo de su portador.
Por último, en referencia al armamento ofensivo, es de destacar la introducción debido a la influencia germánica, durante El Dominado, de hachas como la francisca (Fig. 26) y espadas o cuchillos de un sólo filo como el sax o el sacramaxe (Bishop et alii. 2006: 214). Del cuchillo y espada de un sólo filo carecemos de evidencia en relieves de El Dominado aunque sí de ejemplos arqueológicos en algunos yacimientos como el de San Pelayo; no ocurre lo mismo con el hacha que aparece representada en la estela de Gramzigrad en manos del jinete (Fig. 27) o en la Notitia Dignitatum (Fig. 19) aunque no podemos determinar que se trate de un hacha franca de tipo francisca.
Esto es todo por ahora, será en la Parte II cuando procederé a continuar tratando el período de El Dominado a partir de los relieves antes mencionados y su contrastación con otras funtes de información, de la misma manera que hemos ido realizando en las entradas anteriores. Nos vemos en la Parte IIdonde continuaremos tratando otros aspectos del mundo militar tardorromano a partir de los relieves ya expuestos y su combinación con las fuentes arqueológicas. ¡ Hasta la próxima entrada !
ROMA VICTRIX !
Bibliografía:
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